Estando en la librería, vi un libro (jajaja). No estaba plastificado. Generalmente, los libros buenos, lo están. Sólo dejan ver la portada y la contraportada, y se supone que son tan atrayentes que uno no necesita abrirlos para ser cautivado y comprarlos. Éste, en cambio, estaba -literalmente- de piernas abiertas. Era un chico fácil; era de poesía.
Lo había escrito alguien medio famoso. El nombre del autor me sonó conocido pero nada más: sólo sonó. En fin, tomé el libro y lo comencé a leer. Poco a poco fui entendiendo por qué no estaba plastificado. Era un pésimo libro, escrito por alguien con un nombre sonoro e impreso en letra grande: la fórmula del bestseller. Recuerdo un poema llamado "Fútbol". Era, exactamente, la transcripción al papel de un gol narrado por William Vinasco Ch. No era nada más.
Si la literatura es un videojuego, la poesía es el último nivel. Es la perfección hecha palabras. Son sentimientos impresos para siempre en el papel, accesibles para todos y recordables para pocos. Pero en medio de su calidad, de repente, todo el mundo es poeta. Se unen palabras que medio suenan bien, se llora un poco, se prende un cigarrillo y se pone enter. Ahí está la poesía: graffiti elegante, que expone públicamente lo que se siente, lo que se cree.
Alguna vez escribí, jodiendo, un poema. Y digo que fue jodiendo para no arriesgarme a que me digan que lo hice mal, pues la poesía está llena de normas, de números y de exactitudes que yo (aún) no manejo. Por eso, creo que ser poeta es más que hablar bonito, con coherencia y musicalidad al tiempo. Ser poeta es saber combinar lo que se sabe con lo que se siente, hasta llegar al punto de confundirlos.