31 mar 2011

pass us by

Y sentada en mi cama, que no está hecha para sentarse; mirando al techo, que está hecho para mirarlo, y sintiendo con mis manos la rugosidad artificial de mi cobija igualmente artificial, supe que me estaba esforzando demasiado.

26 mar 2011

pocaluz


Se dice, me gusta creer, creo que el mejor antídoto contra la guerra es un profesor. Estoy segura de que lo leí en medio de un arranque de curiosidad, mientras me paseaba por el sitio web de los terroristas de mi país (Y con terrorista me refiero a cualquier bando que pudiera tener la guerra). Esta idea me la fomentó una película que vi el viernes. Se llama "Los Colores de la Montaña", es colombiana y muy mala. Yo soy de los feligreses que todavía creen en el cine colombiano, por eso voy a cine como una madre expectante cada vez que sale una. No puedo negar que cada vez mi decepción es menor. De todas formas, por más mala que sea la película, siempre salgo divagando del teatro.

Pienso que el cine que hacemos aquí siempre tiene el mismo tema. Y todos saben cuál es: la guerrilla, los desplazados, las metralletas, las vacunas, las extorsiones, las reuniones, la miseria, la injusticia, el rebusque, la informalidad y, claro: no puede faltar jamás un libertario ambicioso que esparza esperanza entre sus comunes, que al final también matan. Siempre es igual. En la película del viernes, dicho libertario era una mujer. Más exactamente, una profesora.
Valientemente, esta mujer decide ir a enseñar a una escuela rural en una vereda de Antióquia, que está plagada de paramilitares y guerrilleros. Mediante la película avanza, la escuela la pintan de graffitis, tanto los paras como los guerrillos. La profesora decide, entonces, taparlos con un mural que pintan los niños. Al final, la profesora es obligada a dejar la vereda porque la amenazan de muerte por ese acto.
Yo también tengo profesores que odio y que me odian. Pero, sin duda y cuando sea capaz, quiero unírmeles. Y tapar con colores todo aquello que sobre. Porque estoy segura de que educar, enseñar, compartir, regalar, dar lo que uno sabe es el camino más corto hacia la paz. Tíldenme de lo que quieran, but I'm not the only one. Si la gente que mata a otra gente le tiene tanto miedo y rabia a los profesores, ha de ser por algo. Yo pienso descubrir y probar -con mi vida- por qué los lápices son más peligrosos que las balas.

14 mar 2011

nada flota

Todo echa y tiene raíces. No importa dónde, ni cómo. Las raíces están. Implican consecuencias, premios y promesas. Somos raíces entre nosotros. Una maraña indistinguible de relaciones, recuerdos y planes. Echamos raíces en los demás. Por eso, despedirse es tan difícil. Estamos arraigados a todo, así alardeemos negándolo. Enraizados en lo que somos, fuimos y queremos ser; en quienes queremos y nos caen mal. Claramente, jamás flotaremos sin cable a tierra.

13 mar 2011

a la perfección por la caridad

Hoy fui a misa. Sentía que lo necesitaba porque, es tanta mi fe que -aunque no tengo jardín- ya compré una podadora. Me gusta ir cuando lo necesito, no cuando me obligan. En fin, fui con toda la disposición de escuchar, aprender y aprehender. En medio de todo eso, de mis problemas y de los percances que me arrastraron a sentarme en esa silla, vi la prueba máxima de la injusticia.
Era una familia. Un papá, una mamá y el hijo, como de mi edad. La diferencia entre él y yo era que él tiene leucemia. Él iba en silla de ruedas, en sudadera y con lo que mi mamá llama "zapatos de piscina". Una cachucha negra hacía las veces de pelo en su cabeza. La vitalidad en sus ojos se mezclaba levemente con el color pálido y amarillento de su piel. No dejaba de rebotar su pierna izquierda. Supuse que era la manera como secretaba el miedo.
Entraron a la iglesia. No había sillas. Se quedaron parados, los papás. La mamá rápidamente buscó un rincón... una columna lo suficientemente grande como para apoyarse y esconderse en ella, y llorar. Llorar sin que su hijo la viera. Yo le pedí kleenex a mi abuela, me acerqué y se los dí a la señora. Volví a mi silla, desde la cual no paraba de construir hipotéticamente la cotidianidad de esas personas.
Mediante el cura hablaba, el hijo se reía. No sé cómo, deduje que tenía mi edad. Eso lo hizo menos lejano de mí, creo. Lo miré mucho pero, miré más a la mamá. Ella seguía recostada en la columna rugosa, blanca y fría; que no estaba muy lejos de su hijo, pero que ocultaba satisfactoriamente de él sus lágrimas. Mi mamá estaba al lado mío. Ella y yo llorábamos también.
Sin duda, mis problemas se redujeron a nada. Sólo quise que ese hijo no sufriera más; que esa mamá no tuviera más dolor para ocultar. Considero que no hay acto más generoso y estúpido a la vez, que tragarse el dolor para no contagiarlo a otros. También, creo que la vida puede ser extremadamente injusta, y que el mayor acto de justicia es condoler honestamente con desconocidos.

12 mar 2011

egoísmo

Yo sé que no sabemos lo que es un tsunami. Lo más cercano que tenemos es a Tsamuel Moreno y ya. Y no quiero menospreciar el dolor, la miseria y la precaria situación japonesa, de la cual todos ya estamos enterados. Sin embargo, es casi inverosímil la facilidad con que nos olvidamos de nosotros mismos.
Porque, a pesar de que no salgamos en CNN y no tengamos los ojos rasgados, seguimos ahogándonos en agua y en sangre. Aunque no nos lo muestren en los noticieros todas las noches, todavía hay gente viviendo en albergues; gente que lo perdió absolutamente todo, y que sólo espera que se seque su colchón que tiene al sol. Si van a rezar por Japón, háganlo también por los cientos de municipios, bebés, ancianos, inválidos, enfermos y embarazadas que siguen afrontando las consecuencias del invierno en este húmedo país.

Pienso con esperanza en el día en que nos movilicemos por nosotros, de la manera que lo hacemos por los demás.

10 mar 2011

ojalá

Soy hipersensible. A todo. A veces es bueno pero, la minoría del tiempo no lo es. Es así como mi sensibilidad extrema se convierte en el núcleo de toda célula que pueda tener mi vida. Entonces, toda responsabilidad, intolerancia, odio, repugnancia, amor, ternura, lástima, respeto que yo perciba en mí, está fundamentado siempre en mi sensibilidad. Quisiera enfatizar en la responsabilidad. En realidad, trato de que mi conciencia no me remuerda nunca. Sin embargo, me porto mal, rompo normas y me equivoco. Pero soy olvidadiza con lo que me estorba, entonces lo olvido. Pasa todo lo contrario con lo que valoro. Pues, ya todos saben que los pingüinos y yo nunca olvidamos lo que queremos. A ello incluyo mi país, en quién me siento enraizada de la manera más precisa y calculada. Por eso, soy firme cuando digo que no pienso irme nunca. Nunca. Y si me voy, me voy para volver. Volver. Porque así como casi nunca estoy de acuerdo con la manera en que lo gobiernan, siempre estoy consciente de que mi deber es cambiar -o al menos querer cambiar- todo aquello de lo que difiera. A todo lo demás, a todo lo que me estorba, lo voy a olvidar como nunca nadie lo ha olvidado.

9 mar 2011

drops

Al final del día y con los pies descalzos, supo lavar sus penas con la lluvia fría. No siente los pies, pues ahora vuela. Vuela. No se arrepiente de nada. Muchas veces ha proclamado su independencia. Sin embargo, sabe que dependemos infinitamente unos de los otros. De lo contrario, no habría canciones, poemas, goles o personas. Porque, si nos ponemos a pensar, todo -absolutamente todo- se hace por amor o por desamor. Por amor la gente reza, ama, mata y habla; canta, escribe, llora y ríe. A veces, sería mejor relacionarnos menos, siento. O por lo menos relacionarnos de tal manera que la ausencia de alguien no desmorone todo cimiento de la vida de alguien más. La delegación admite que, si fuera así, el amor sería algo completamente inútil y banal. También, admite que -en este momento- no sabe qué pensar. Y es que amores que matan, nunca mueren. Dicen que la historia de la humanidad se puede narrar a punta de guerras, porque la historia de los hombres es matarse. Yo digo que nuestra historia se puede narrar diciendo cuántas veces, por amor, la gente ha vivido y dejado de vivir.

7 mar 2011

pasos para quemar un libro

Mi amor por las palabras me hizo creer que nunca lo haría. Sin embargo, lo hice. Me fue difícil. Así que mi generosidad me obliga a divulgar el modo.

Materiales y Reactivos:
-Recipiente grande metálico.
-Leña seca y pesada
-Varsol
-Fósforos marca Tigre
-Nostalgia

Procedimiento

1. Rompa, saque, hale, deshaga las páginas del libro.
2. Lea una que otra palabra.
3. Recuerde lo que sintió mientras relee.
4. Paulatinamente, tírelas al recipiente.
5. Cuando haya deshecho todo el libro, ponga la leña encima.
6. Deje caer varsol sobre el recipiente, las páginas, la leña y sus memorias.
7. Encienda varios fósforos (uno a la vez) y déjelos caer (sin que se apaguen) sobre las páginas.
8. Siéntese, observe, piense, sienta, cante, llore, ría y recuerde. Recordar es lo más importante.
9. Deje impregnar su ropa del horrible olor del humo.
10. De vez en cuando, riegue otro poco de varsol sobre el fuego. (Ud se sentirá como un dragón).
11. Sienta cómo sus memorias se convierten en cenizas junto con el papel, las fotos, las palabras y los puntos.
12. Cuando sepa que ha acabado, con valor y decisión, derrame cientos de mililitros de agua no potable sobre el fuego.
13. Haga su retirada triunfal, con las manos vacías.


"It's better to burn out than fade away."
Kurt Cobain

3 mar 2011

cuando escampe

A mí me gusta que llueva. No. Quiero decir... me gusta que llueva cuando estoy en pijama de cuerpo completo y metida en mi cama. Admito que me remuerde la conciencia cuando pienso en el tercermundismo de mi país. Porque, quiéranlo o no, eso de "países en vía de desarrollo" es sólo un premio de consolación para ñoños que estudian la economía de los países ricos, pero que viven en países pobres. Entonces, me acuerdo de que hay gente mojándose porque no tiene casa; que prefiere drogarse antes que sentir frío, y que de todas formas agradece al cielo el agua que cae. Deambulo entre mis pensamientos y valoro cada vez más mi cama. Siento la calidez de mi pijama, mientras las heladas gotas de lluvia ruedan por mi ventana. Pienso en la gente que no tiene pijama ni ventana, sino un papel periódico que mancha, que se decolora con el agua. Si Dios, Alá, Zeus, Bachué, el Sol, el dinero, la vida o el destino me premió con esta pijama, siento que no puedo terminar aquí con esta cadena de favores. Porque todo en la vida se paga, y no necesariamente a modo de deuda, sino de responsabilidades.

2 mar 2011

el kumis

Todas las mañanas, mi mamá me despierta con un beso en la oreja. Yo me levanto de mal humor a las seis de la mañana. No me gustan los besos en la oreja porque suenan muy duro. A esa hora siempre canta el mismo pájaro, pero nunca lo he podido ver porque a esa hora tampoco veo bien. A penas me levanto, entro al baño. Y, como no puedo ver, me toca prender la luz. Entonces, me encandelillo. Me desvisto; me quito mi pijama. Es de esas que se cierran con una cremayera que va desde el tobillo hasta el cuello. Cuando me la quito me da mucho frío. Entonces, me meto rápido a la regadera. Me gusta el agua bien bien caliente. Tanto, que yo pueda dibujar en las ventanas de la ducha. Me salgo cuando el agua empieza a salir fría. Cuando estoy afuera, me visto rápido para que no me dé frío. No me gusta que me dé frío. Mi mamá siempre me alista la ropa la noche anterior y me la deja encima del inodoro. Así, cuando yo termino de bañarme, puedo vestirme ahí mismo. Yo creo que mis amigos creen que yo sólo tengo un sueter. Es que siempre me pongo el mismo. Es que me gusta mucho. Cuando me lo pongo, nunca me da frío.

Todas las mañanas, mi mamá me hace el desayuno. Siempre desayuno milo tibio. Tibio porque no me gusta frío, pero tampoco caliente. Mi mamá sabe cómo. Mientras me lo tomo, ella me empaca la lonchera en la maleta. No llevo lonchera a parte porque me queda muy difícil jugar si la llevo en la mano. Mi mamá siempre pone una emisora en la que no ponen música mientras desayuno. A mí no me gusta, pero a ella sí. Por eso, me dice que no hable; que me tome el milo rápido para que no se enfríe. Entonces, yo le hago caso porque a ella le gusta que la gente grande hable en vez de cantar. Cuando me acabo el milo, me toca irme a lavar los dientes. Yo tengo una crema que no pica. Porque hay gente que tiene unas que pican tanto que lo hacen llorar a uno. La mía no pica. Me gusta lavarme los dientes con agua fría. Eso es lo único que me gusta frío. Me los lavo despacio; las muelas en círculos; los dientes de adelante hacia arriba y hacia abajo; la lengua hacia afuera, y después escupir.

Mi mamá dice que me tengo que echar bloqueador en la cara porque, o si no, me voy a enfermar de algo muy grave. Pero, a veces se me olvida echarme y le digo que sí me eché, para no preocuparla. De todas formas, en mi maleta siempre tengo una cachucha roja que compré con mis ahorros en un paseo. Es mi cachucha favorita en el mundo. Y el paseo también fue mi favorito en el mundo. Después de que mi mamá me pregunta si me puse bloqueador en la cara, me acompaña hasta el paradero del bus. Casi nunca hablamos desde que salimos hasta que llegamos. Y casi siempre, a penas llegamos llega el bus. Así que me le doy un beso, me despido y me voy.

Hoy, todo pasó igual que antes, excepto una sola cosa. Cuando me subí al bus, sentí fría mi espalda, el parte en la que llevo mi maleta. Con la mano, toqué donde sentía frío. Después miré y olí mi mano. Estaba blanca en la parte de los dedos. Olía al kumis que me tomo en los recreos. Me quité la maleta. La puse en mis rodillas. La abrí. Olía mucho al kumis que me compra mi mamá. Todos mis cuadernos estaban tan fríos como cuando me quito la pijama. Mi cartuchera estaba blanquísima. Las páginas de mi libros para leer parecían la nata que se hace en mi milo tibio cuando no lo revuelvo. Yo no sabía qué hacer.

Cuando me bajé del bus, creí que todo el mundo iba a poder oler el kumis. Yo no me había atrevido a hacer mucho alboroto en el bus. Me daba pena. Entonces, a penas me bajé del bus, fui rápido al baño. No corrí porque me daba pena que me vieran correr al baño. Cuando llegué, me encerré en uno de esos cubículos a los que entran los hombres únicamente cuando tienen que hacer del número dos. Entonces, saqué todo lo que mi mamá me había metido en la maleta. Menos mal, mi cachucha roja no se untó de kumis. Todo lo demás sí. Con papel, iba secando todo muy muy rápido. Cuando terminé, no sabía qué hacer con la maleta. El papel no le quitaba el kumis. Yo creía que se le había pegado, como la nata.

Después, se me ocurrió la mejor idea del mundo. O sea: ya tenía idea, cachucha y paseo favorito en todo el mundo. Lo que se me ocurrió fue usar la maleta al revés. O sea: voltearla para que la parte de adentro quede para afuera. Eso es algo que le hacemos a los niños que nos caen mal. Les volteamos la maleta y después se las cerramos. Así, las correas quedan para adentro y no se las pueden colgar y les toca cargarla, como si fuera un bebé. A eso le decimos "la empanada de maletas". Pero bueno, a mí se me ocurrió hacerme la empanada de maletas, para que el lado sucio de kumis quedara para afuera y no se me ensuciara nada más. Entonces, lo hice.

Usé la maleta al revés todo el día y nadie se dio cuenta porque mi maleta es negra por ambos lados. Lo malo era que no podía cerrarla, porque o si no las correas me quedaban para adentro y no me iba a poder colgar la maleta. Pero, me fue bien. Cuando llegué a mi casa, no me dije nada a mi mamá para no preocuparla. Sólo saqué todas mis cosas, mandé a lavar todo lo que seguía oliendo al kumis y me puse mi pijama para que no me diera frío. Ya no me gusta el kumis.