30 jul 2010

eternidad

Esto no es un poema,
simplemente se ve bonito
en cursiva y en columna.
Hoy recordé que hace tiempo escribí
sobre cuánto puedo llegar a odiar
las funerarias y todo lo que ellas implican.
De ello puede dar cuenta
la primera persona que me leyó,
que me criticó, que me apoyó,
a quien también extraño mucho hoy.


Sería un día de retos. Se despertó, se levantó por el lado derecho de la cama porque por el izquierdo hay una pared. A penas abrió los ojos alcanzó a ver a menos de un metro la amenaza del día: sus tacones grises. No durmió muy bien pensando en ellos. Se bañó con angustia, desayunó con afán y en pantuflas. Se lavó los dientes, se peinó el pelo que no tiene y todo con tal de evitar al máximo el par de zapatos altos. Finalmente, se los puso. Sabía que sería un largo, larguísimo día.

Llegó al paradero de las flotas. Parece una plaza de mercado y está en tacones. Había buses hasta para San Andrés pero para la Universidad, nada. Y está en tacones. El tiempo de espera, y el día en general, fue suficiente para reflexionar cuánto odio siente contra tal calzado. Lo detesta, le parece que no es cómodo, ni rentable, ni útil, ni agradable, ni veloz, ni impermeable, sólo es bonito. Además de tener su propio sonido cuando se aproxima, como cualquier animal, se ve menos baja. Se siente bien por haber asumido el reto pero, como quien dice, misión cumplida.

Pero el dolor en sus pies no era comparable con ningún otro dolor que le rodeaba. Los talones le dolían tanto como las uñas cada vez que recapacitaba, cerraba los ojos y recordaba dónde estaba. Se vive y se conoce a posteriori. Quiere morirse de manera singular, quiere un adiós de carnaval; le duele lo que a nadie, le da risa cuando todos lloran, se ataca en llanto mientras hace una fila india. Considera que días como este deberían ser ilegales, que así como las estaciones, debería existir una ley natural que los suprimiera por completo del calendario humano. No por los tacones, eso es nada más un capricho de la vanidad, sino por aquellos dolores que dejan sus zapatos altos en lo más bajo de sus prioridades analgésicas.

Más que lástima, más que tristeza, siente rabia. Quisiera ser activista para erradicar de la vida todos estos días. A veces es ameno sufrir, se siente más grande, sale más fuerte. Hoy no. Hoy todo eso es baldío, la fe es banal y la esperanza un souvenier de los hipócritas. Se enciende la luz de la duda, otra vez, y se pregunta qué putas es el alma y la eternidad que siempre le atribuyen. Cierra los ojos para ver mejor. Recuerda, siente, sabe, cree que la eternidad está en la memoria, en ser conmemorado, recordado, identificado, diferenciado, visto, distinguido, sentido sin contacto.

Llegó a casa, se quitó los tacones y la ropa. Descansó. Los dolores, la rabia siguen. Por eso escribe. Ya se va a dormir. Le duelen los pies, no tanto como el día.



29 jul 2010

del vicio

Debería estar haciendo cualquier otra cosa. Leer, tal vez, un artículo que escribió hace tiempo el Vaticano. Simplemente no se me da la gana. Prefiero esto. Ya se me ha convertido en un vicio, creo. Ay, los vicios. Si el sexo es un vicio, entonces todos tenemos al menos uno. Es eso lo que nos diferencia del resto de los animales, a parte del privilegio de reír: tener un vicio además del sexo. No sé si todos los vicios sean malos, no sé si todos los vicios maten. Cuando muera de escribir, como muchos en este país, ustedes ya se habrán enterado. Muchos escribirán, muchos repetirán que escribir es dañino. Se convertirá entonces en un acto de rebeldía, porque hay que admitirlo: nos encanta hacer lo que nos prohíben.

28 jul 2010

nunca: nunca

Llegaste un día a las malas. Sólo al siguiente ya no querías irte. Esas ganas de quedarte crecieron contigo, con el tiempo, con tus manos, con tu nariz, con tu voz y con la cantidad de palabras que con ella podías pronunciar. No estuviste sola. Ni un día, ni un instante. Conseguiste acostumbrarte a esa compañía, y no sólo acostumbrarte sino también llegaste a amarla: la amas. Sin darte cuenta te convenciste de que eras capaz de lograr cualquier cosa porque eras infinitamente feliz, a pesar de cualquier pequeña coyuntura que pudiese irRITArte. Pero un día te notificaron que todo estaba por acabar, que cambiarías tu vestimenta y tu vocabulario; que lo que habías soñado hace tiempo, sentada en la sala con tus papás, pensando qué ser cuando grande no sería posible si no te alejabas. Diversos miembros de tu vida lo iban tomando de diversas maneras. Unas se iban, unas se irían, unas se quedaban, otras te olvidarían. Tú estabas segura de que tú no te irías, tú te quedarías, tú no olvidarías nada. Estuvieras donde estuvieras serías tú, porque eres lo que sientes, eres lo que recuerdas, eres lo que fuiste, lo que fuimos. Supusiste entonces que nadie se va del todo, que cuando grande quieres ser feliz y que por eso mismo ya eres grande hoy. Porque no olvidas, sabes que así estés lejos recuerdas y te recuerdan. Hoy sólo un montón de imbéciles te insultan diciéndote que empiezas la mejor época de tu vida, que ya eres grande, que lo disfrutes, que te tienen mucha envidia. Basta ya, exige respeto. Tú y yo sabemos dónde quieres estar, con quiénes encontrarte, con quiénes gritar, de qué color vestirte. De todos modos, crecerás como tu voz, otra vez. Conocerás otras personas, otros métodos, otras ideas y así estemos lejos, nunca: nunca olvidaremos.

27 jul 2010

this is your song

Sobre tu piel, un camino infinito
trazan mis dedos.
Un camino que no es nada.
Que sólo yo pinto.
Un camino de música
que tú y yo,
sólo tú y yo sentimos.

25 jul 2010

el mismo plan de la otra vez

Fue igual que hace catorce años. Dormiste muy poco. No era ansiedad, eso sí fue distinto. O por narcisista, o por miserable, o por suficiente, o por inútil, en ningún momento requeriste de compañía. Era bueno cuando aparecía y también cuando no. En los momentos en los que los que no, eras absolutamente libre de observar y reírte por dentro de lo que veías. Nunca estuviste sola. Ni siquiera en ese espacio oscuro, frío y desolado, poblado solamente por cien almas en pena que misteriosamente decidieron encontrarse a la misma hora, mismo lugar, mismas intenciones, y todo eso sin conocerse. Qué curioso. Repartieron escarapelas, como hace catorce años. Para no perder la costumbre, decoraste la tuya como cuando tenías cuatro. Recordando la rutina, en silencio buscaste una silla. No en la esquina, para parecer amable. Luego, sacaste tu celular y miraste la hora. Eran las ocho. Buscaste en la memoria, empalmaste, concluiste y supiste que los últimos días son mejores que los primeros. Pasaron las horas y a las diez y media en punto te dio hambre. Esta vez te fumaste un cigarrillo con las onces. Coca cola y palito de queso. No tenías a nadie más que a noventa y nueve coincidenciales compartidores de planes. A las diez y cincuenta creíste que el tiempo había acabado, pero aún faltaban diez minutos. Divagaste. Recordaste. Conversaste un poco con alguien de un país vecino de quien recuerda el nombre del país pero no de él. Extraño, extrañaste. Comparaste, diferenciaste, identificaste y comparaste lo actual con lo que habías vivido antes. Al menos el clima era el mismo. Volviste a casa con los pies igual de vueltos mierda, con el entusiasmo en las nubes y el autoestima por debajo de la estimación a quienes amas.

24 jul 2010

el andén

El man de siempre cruza la calle de siempre mientras el semáforo de siempre está en el color de siempre. Esta vez, dos extranjeras pelirrojas miran la escena con angustia; no saben qué hacer, si correr o llorar, si reír o caminar. Deciden inteligentemente y con afán sacar la billetera y pagarle al man por hacer lo que sea que estuviese haciendo. No es un pasea-perros normal, es un mendigo que amarra perros callejeros en cantidades abismales con cabullas y se deja guiar. De pronto por eso le pagaron. Yo me reí y miré al man. También me miró. Ambos nos reímos. Es que sacarle plata a gente con poca tintura en el pelo es tan fácil. Creo que hasta esa ni siquiera era la intención del man; uno muchas veces consigue lo que no busca.

Más abajo en la misma calle estaba alguien más. Dormía plácidamente a la sombra que pudiera hacer un poste a las seis de la tarde. No tenía frío porque no tenía que cubrirse. Tal vez, si las pelirrojas lo hubieran visto, lo habrían despertado para pagarle por eso. Al despertarlo le habría dado frío y se habría acordado de que tenía hambre. Mejor que durmiera con una alcancía al lado. Mientras tanto tomé el bus articulado. Me tocó en esos que tienen sillas enfrentadas y que obligan al pasajero a entablar relaciones visuales y mudas con el de adelante. Por la forma en que mi compañero me miraba, alcancé a sentir miedo. Trataba de mirar hacia la ventana, pero el vértigo y la curiosidad no me lo permitían por periodos prolongados. A todo el mundo le ha pasado, y casi a nadie han violado... digo. El compañero se bajó unas paradas antes que yo y todo volvió a la calma de mentiras de siempre.

Bajé del bus, tomé el túnel y después el puente. Mientras caminaba por el andén supe una vez más que es mejor ir de compras en las aceras. Existe una suerte de peluquería en la que cambian el look ahí no más. Venden comidas, ropas, accesorios, vicios, flotadores, zapatos, gafas de sol, gafas de aumento, minutos a celular, minutos a fijo, libros, películas, religiones y soluciones. Ay, si las pelirrojas caminaran más por los andenes que por sidewalks, sería el fin del primermundismo: estarían en bancarrota.

23 jul 2010

la década

Muy poca gente se da cuenta de que mientras se crece, el tiempo también pasa. Diez años se pasan volando cuando estamos al final de ellos, pero cuando pensamos en cómo seremos en una década creemos que nunca llegará ese día. Hay que preguntarle a cualquier persona qué se ve haciendo en diez años; habría que ser ciego para no ver cómo su mirada se eleva acompañada de una sonrisa llena de intriga pero a la vez de anhelo, mientras piensa en cuán feliz puede llegar a ser dentro de ese tiempo.

Somos lo que sentimos; somos nosotras. Somos la promoción dos mil diez; somos la Década. Somos tan diferentes que fue precisamente eso lo que nos unió todos estos años. No era la masificación de nuestras identidades sino la complementación entre ellas. Cada una fue quien quiso ser, y ojalá eso no termine hoy. Hoy nos vestimos así para demostrar que hemos logrado todo aquello que algún día nos propusimos, por eso no hay por qué tener miedo y dejar de ser quien cada una es. Que en el mundo, que en la vida nos caractericemos por ser felizmente lo que somos.

Supimos pelear, perdonarnos, caernos y curarnos. Todo eso lo hicimos juntas y todo pasó aquí. La indiferencia pudo confundirse con pereza, lo que nos enseñó que para crecer y ganar eso nunca funciona. Allá afuera cuentan con nuestra conciencia, creatividad y fe para lograr algún cambio en la vida de alguien más, en el país. Si antes nos quejábamos de que por jóvenes y prematuras no nos dejaban hacer nada, hoy no es el día para seguir diciendo eso. Muy dentro de nosotras existe una marca que, sin embargo, puede llegar a ser tan evidente como queramos. Porque aquí aprendimos muchas cosas, pero lo esencial fue darnos cuenta de que lo que verdaderamente vale es la manera en la que uno se relacione con la demás gente.

No podría callar mi gratitud hacia todas aquellas personas que creyeron en todas y en cada una de nosotras. Profesores, papás, amigos, hermanos, entrenadores, equipos, monitoras, trabajadores, empleadas y conocidos, que están aquí sentados, otros ya se fueron y los que se van: a todos ellos muchas gracias por creer, regañar, templar, forjar, amar y esperar de nostras siempre algo más. Al Colegio Santa María no hay palabra que logre expresar la magnitud de lo que siento por él, por lo que representa, por lo que nos enseñó dentro y fuera del salón. Independientemente de mis fijaciones políticas, mi color favorito es y será siempre el verde.

Parece ser que hemos ganado una batalla, pero no la guerra. Aún nos queda mucho camino por recorrer, muchos amigos por hacer y muchos perdones por pedir. No tenemos por qué obligarnos a admitir que ya no estaremos juntas, que cada quién redactará su suerte y que a duras penas nos acordaremos de las caídas de Luzjua o de las aventuras de Manaty. Si verdaderamente somos lo que sentimos, entonces nunca vamos a estar la una sin la otra. Crezcamos tanto como nos plazca, amemos tanto como podamos y perdonemos aún cuando ya estemos cansadas. Hemos vivido tantas cosas juntas, que se vuelve imposible desenredar cada memoria que nos queda. Valdría más conjugarlas todas en saber que cuando ocurrieron fuimos infinitamente felices.



Discurso de grado pronunciado el 18 de Junio de 2010

21 jul 2010

por si algún día muero

Lo chévere de la vida es que se puede acabar a cualquier hora, y es su esencia la incertidumbre que esto produce. Por eso, por si algún día muero:
1. Se iniciará una cuanta regresiva de treinta segundos en los que, quienes se sientan aludidos, serán libres de hundirse en lo más profundo de la melancolía y llorar lo que se les de la puta gana.
2. Finalizados los treinta segundos, se iniciarán los preparativos para la fiesta más grande de mi vida. Comprarán aguardiente, ron, cerveza, Jägermeister y tequila. Contratarán la orquesta de su preferencia. Eso sí, cantarán Canela de Cesar Mora.
3. Cuando ya esté todo listo, me cremarán y me meterán en una urna del Atlético Nacional.
4. Nos dirigimos a la fiesta, que será en el salón Rojo del hotel Tequendama, como el prom. No saldremos de ahí hasta dentro de diez horas... hasta que seles ponga la pollera colorá.
5. Cuando estén mamados, van y se bañan y se arreglan.
6. Al final, aunque no quieran vamos a misa. Pero a una chévere, que canten cosas que se sepan ustedes, que el padre no se demore en respirar y las sillas sean relativamente cómodas.
7. Cuando se acabe, me dejan en mi urna del Nacional en mi casa.
Gracias.

el no-poema del gato

En mi techo hay un gato
Que me da ganas de matar cada rato
¿Por qué el hijueputa felino
despierta mi instinto asesino?
Porque cuando llego mamada de Andino
El siete vidas cretino
Decide caminar por mi techo
Como si éste fuera severo trecho.


20 jul 2010

día de la independencia

Se subió al bus que vio con la ruta de siempre: 291. Siempre es un bus amarillo, a veces azul. Esta vez había un rock star deleitando con su voz a la esporádica comunidad del amarillo medio de transporte. Cantaba música para planchar acompañado de un amplificador plateado del que salía un cable negro que terminaba en un micrófono del mismo color. Del amplificador salía la melodía púrpura de una pista mitad karaoke, mitad canción de telenovela peruana. (¡Señorita Laura!)

Le tocó parada; no había sillas. Tenía mejor vista del artista. Sus manos se ensuciaron más por aquello de la falta de equilibrio causada por el andar del amarillo. Vio cómo la gente subía y bajaba, desviaba la mirada cuando sentía que había hecho contacto, la gente dormida contra la ventana dejando su mancha genética en el cristal cautivaba su interés mientras el cantante decía por enésima vez en el día su discurso de despedida. Se notaba que ya le había predeterminado un ritmo. Ella supo al instante que lo hacía así para no encariñarse, extenderse, melancolizarse y simplemente desabordar el bus.

El pragmatismo del discurso fue tal que ella lo imaginó literal: de repente la voz de la estrella cambiaba, ya no salía de las entrañas sino de la fosa nasal izquierda. No tomaba el micrófono con valentía y fulgor sino con afán y cansancio. Decía: "Muchasgraciasqueridosamigos, alseñorconductorunespecialsaludo. Ojalánoleshayainterrumpido ypuedancolaborarmeconcualquiercosita. Dioslesguardeylesmultiplique." El hombre bajó del bus con el dinero suficiente para otro pasaje.