A mí me gusta mirar. Por eso estudio lo que estudio cuando decido estudiar. Me gusta mirar; mirar a la gente, mirar cómo me miran; mirar bien cómo me miran mal. Mirar cómo se me pasa la resaca en medio de una rumba afrodisíaca, sentada en una butaca pensando en ti y en el olor de la albahaca. Y es que si tú no bailas conmigo, prefiero no bailar.
27 feb 2011
21 feb 2011
al lado del camino
Prefiero enredarme. Permanecer ahí. Que me apoyen, entierren, la quijada en el omoplato. Sentir que puedo descolgarme, dormir mis rodillas y fluir. Permanecer. Quedarme ahí. El mayor tiempo posible. Bailar el remix de nuestros latidos cardíacos. Mentira. No bailar: escuchar. Por eso, a veces siento que deberíamos ser más sedentarios. No movernos tanto. Internacional, transcontinental, mental, social, temporal, sensual, rítmicamente. Ver la vida pasar, sentados. Juntos. Todos. Sin conservar ninguna distancia a la que habría entre el camino y nosotros. Y, poco a poco, somatizar la tranquilidad de que el tiempo y todo va a pasar, excepto nosotros. Perdernos en nuestra amplia y diversa zona de confort, hasta que nos aburramos. Tendremos la certeza de que somos suficientes tal y como somos; que no necesitamos nada más: nada.
17 feb 2011
mi papá toreó una vez
Mi papá toreó una vez un becerro.
Por la educación que tengo, nunca me han gustado las actividades taurinas. Admito que en un principio fue solamente un comportamiento aprendido, luego comencé a reconocer la valentía de los toreros, después llegué al punto de la neutralidad hasta que llegué a donde estoy: el completo desacuerdo.
Yo no sé cómo sea una corrida de toros en otro país, por eso hablaré de lo que siento con respecto a las fiestas bravas en Colombia. Porque así como ir a tomarse una cervezas no es solamente la rutina de la embriaguez, sino también la de la tertulia y la de pagar con monedas por canciones a rocolas; la del brindis, el abrazo y la lágrima que rebosa cada copa, ir a toros no se trata sólo de toros. Es más: considero que aquí, el animal es lo que menos importa. Yo no sé. Mis principios adquiridos no me han permitido jamás asistir a una corrida. Lo que alcanzo a percibir a través de las revistas de farándula y las secciones rosa de las revistas de política, es que las congregaciones taurinas son como inauguraciones de bares de gente famosa.
La gente va con la pinta. La cámara hace parte de ella. De repente, todos son rolos de corazón y de guión. Todos se saludan, todos se reconocen, todos hablan a sus espaldas. Todos tienen antepasados corruptos, millonarios, famosos, ex presidentes o toreros. De repente, sale un toro y nada más. Un man ahí, muy valientemente, lo espera. Eso es lo único que admiro del ruedo: el valor inmediato del hombre en cuestión. De resto, es la misma rutina de un matrimonio, un coctel, un almuerzo, un aniversario o un reencuentro de ex alumnos.
El argumento que defiende la vida de los toros ya está pasada de moda. De todas formas, insisto en que si el objetivo es enaltecer la figura del ser humano -del torero- basándose en su destreza, habilidad, rapidez y valentía, existen muchas otras maneras. Aunque no lo parezca, no estamos hechos para destruir nada, ni siquiera un toro. Pero, si lo quieren hacer: háganlo. Vive y deja vivir. Lo que me perturba es que, si defienden tanto que matar un toro es absolutamente lógico, artístico, jubial y bello, no entiendo cómo éste acto visceral se convierte en añadidura, mientras se socializa, se ríe, se hacen amigos y se fuma de mentiras en las graderías.
Que toreen en donde quieran. Que toreen todo lo que quieran. Y después se vayan a comer un asado del toro toreado. Con eso no me meto. Incluso, no sé dónde haríamos conciertos si no fuera en la Santa María. Lo que no soporto es que vayan al ruedo a dárselas de cultos, ocupados, importantes y populares. Porque, hay que decirlo, las corridas de toros son una carrera por la popularidad. Como un carrusel de contrataciones, pero con toros y pretensiones.
13 feb 2011
sólo
Amo y creo en la amistad tanto como en mí misma. Me satisface que la vida no esté llena de inmediateces; que le toque a uno decidir si las busca o las espera. A veces, me aturde que la gente espere acciones grandiosas de mí. Me preocupa que pueda ganarme lujosamente la vida echando mierda. Y que me toque vivir en una pocilga por decir lo que quiera. Deber y necesidad. Imaginación y poder. Felicidad y verdad. Equilibrio es balancear esas seis.
8 feb 2011
las llaves entre el carro
Ya estoy en la edad en la que los papás le "sueltan" a uno el carro. Yo, claramente, me siento en el límite de lo cool. Y, por supuesto, aprovecho cada oportunidad para irme en el carro, poner música, acelerar, sin importar si tenga un destino o no.
Ayer, decidí parar a comprar una Coca Cola, porque siento que uno se ve mucho más play de lo que es con una en la mano. Me bajé, campantemente. Cerré la puerta con seguro. Pedí una Coca Cola en botella Flexi, lo cual es aún más play que la Coca Cola esencial. Pagué. Di las gracias. Me dirigí a mi carro. ¿Qué veo a través de la ventana? Las llaves dentro del carro en cuestión.
Me entra, pues, una suerte de pánico pero que, al mismo tiempo, trae un poco de PAZ. Ese que es completamente indescriptible y a la vez común entre todos los seres humanos que, alguna vez, han dejado las llaves entre el carro cerrado con seguro. Busqué una ferretería, insitintivamente. La encontré. Con voz de Lechuga, me dirigí al ferretero: "¡Oh, dulce ferretero (herrero), cuyo oficio tiene más años que el pasto! ¿Podría usted ayudarme a abrir mi carro? Es que dejé las llaves adentro." Con esa mala actitud, con esa pereza llena de ganas de estafar, característica de todos nosotros, me responde el hombre: "H'm, vamos a ver. Es que no tengo la herramienta aquí. ¿Dónde está el carro?" Lo señalé, y con la dichosa herramienta (un destornillador, una palanca y un alambre), el herrero pudo abrirme el carro en menos de diez minutos.
Me volvió la farra al cuerpo. Le di las gracias. Por cordialidad, le pregunté cuánto le debía. El abejo me responde: "Veinte mil pesos" Y yo: sí, claro, eee, ya le voy a pagar toda mi mesada, güevon. Mentira. Le respondí: "No, viejo, sólo tengo cinco." Él dijo: "¿Mmm, qué hacemos? La única sería que usted fuera por los quince que me debe." Yo dije: "¡Claro! De una, parcero. YA VENGO." Sí, claro, güevon. Ese trabajito que usted me hizo no vale veinte mil pesos, diez dólares, en ningún lugar del planeta. Me fui y no volví.
3 feb 2011
no te juntes con esa chusma
Ya he dicho varias veces que mi color favorito es el verde. Y se debe no únicamente a mi lugar de proveniencia, sino también a que mi ex presidente menos favorito sea Álvaro Uribe Velez.
Mi preferencia hacia el partido Verde no hace parte de la moda, la buena onda o el flow que, supuestamente, es la causa de que este partido tenga tantos seguidores. No niego que, en dado momento, estuvo de moda ser verde pero, ya no encuentro fundamento para aquellos que me refutan engrosando sus voces, diciendo que el partido Verde sigue siendo sólo una tendencia. Pues, aquellos que fueron verdes para ser aceptados socialmente, ser cool, plays, que creyeron que todo se arreglaba amarrándose una pulcerita en la muñeca, ya no se acuerdan quién ganó las elecciones el año pasado.
El fin no justifica los medios. También he dicho eso varias veces. En este caso, si para ganar la alcaldía de Bogotá, Peñalosa ha de aceptar el respaldo de mi ex presidente menos favorito (que no nombraré), prefiero que no ganemos. Sería como un auto gol. Los votos que tuvo Antanas Mockus en las pasadas elecciones presidenciales no nos alcanzaron para que llegara a la presidencia, sin embargo bastaron para que se escuchara en el país que no todos queríamos más Uribe.
Si mi partido Verde proclama transparencia, honestidad, cero corrupción; paz hecha con paz, con educación y no con políticas guerreristas; un país construido por sus dueños, es decir, por nosotros, por todos; una Colombia donde no existan roscas, delfines, pinchers, chuzadas, ni agro ingresos seguros; si el partido Verde quiere todo eso, aceptar el apoyo de alguien tan minúsculo como el creador de todo lo anteriormente mencionado sería como ver a Santos en el Polo Democrático.
Por todo esto, viejo Quique, si quieres que mi primer voto sea por ti, no aceptes nada de Uribe. Nada es nada. Este es el tiempo en el que Álvaro tiene más opositores que seguidores. Y si eso todavía no es verdad, yo me encargaré de que lo sea. Quique, tú puedes ganar por tus propios méritos. Ten muy presente que la gran mayoría de los verdes que hay, por no decir todos, lo somos porque creemos en un país antónimo del que construyó Uribe. Y si él quiere apoyarte, es como el compañero de clase que se hace al lado tuyo para copiarse. Peñalosa, si quieres el apoyo de alguien, ten el mío.
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