7 nov 2010

y después no digas que no te avisamos

Es bastante evidente que uno de los amores de mi vida son las palabras. Por eso, prefiero un monólogo a un circo. Pero, si hay que hablar de circos, hablemos del del sol. Además de tener una música que pone los pelos de punta, le recuerda a cada miembro del público, con cada acto, lo perfecto que es su cuerpo. Yo creo que nadie sale con ganas de un cigarrillo, y que todos se inscriben en un gimnasio al llegar a casa.
Admito que tiendo a aburrirme. Comienzo a llegar a conclusiones como que la gente se para al aplaudir porque, como los de la primera fila se paran, los de atrás ya no ven. Y se va generando un efecto dominó sucesivamente. Pero, de todas maneras, no puedo dejar de ver la inmensidad de un espectáculo como el Cirque du Soleil, y su caridad de venir a un país de bárbaros como el nuestro. Y lo digo porque, digamos, la gente aplaude en momentos que nada pasa, o contesta el celular, o toma fotos con él, o llega media hora tarde, o cosas por el estilo. Cuando aprendamos a comportarnos, Samuel nos va a construir un escenario digno de nosotros y de los espectáculos.
Pero, bueno, ya no hay excusas para los hermanos Gasca: los circos con animales tienen que desaparecer. Que los domadores de leones aprendan malabares o se vuelvan electricistas. Ya ha sido suficiente y demasiado lo que hemos visto a tigres rugir, a focas jugar, a cebras bailar y a gorilas rumbear ante nosotros. El ser humano puede llegar a ser (es) más impresionante y espectacular que todo lo anterior. Y si no lo creen, vayan al Circo del Sol.

4 nov 2010

acción de padecer

Colombia no es pasión. Si buscásemos el significado de "pasión", sólo encontraríamos definiciones relacionadas con la violencia, el desenfreno y el accionar descontrolado de lo salvaje. Pero, insisto, somos un país ignorante; que cree que "pasión" es cerveza Águila, el Pibe Valderrama y los cubitos de panela de Lucho Herrera. Entonces, claro, todos tenemos manillitas de SalvArte con nuestra bandera, vemos "La Pola" y Caracol Noticias, creyendo que nuestra indiferencia se ha quebrado, como Padres e Hijos.
Davivienda, Fruco, Coca-Cola, Postobón, son marcas en cuyas imágenes prima el color rojo. Siempre. Curiosamente, todas aquéllas hacen parte de las más exitosas en nuestro país. ¿Por qué? Por el color rojo, que nos alude -vuelve y juega- toda la sangre y la violencia que han sabido caracterizarnos todos estos años.





Ahora, no vengamos a decirnos que no sabíamos; que sólo nos gusta que Colombia sea "pasión" porque ha cambiado nuestra imagen en el exterior. Sinceramente, lo que piensen de nosotros al otro lado del charco me vale huevo, cuando entre nosotros no sabemos quiénes somos, qué nos identifica, qué somos o si somos pasión o no.
No pongamos por encima lo ajeno de lo propio. ¿De qué vale cambiar nuestra imagen externa, cuando por dentro estamos vueltos mierda? Nuestra salida no está en que Exxon-Mobil compre Terpel, o en que Evian invierta en Manantial, ni en que McDonalds compre Frisby. La solución la tenemos nosotros mismos, y que no la hemos querido practicar porque no la hemos visto; no nos la han dejado ver.
No sé qué seamos, pero estoy segura de que "pasión" no somos. No tengo ni la más mínima idea de qué seamos. Y si yo no sé ¿Por qué sí saben los que dicen que Colombia es "pasión"? No dejemos que alguien más nos diga qué somos, por simple pereza de averiguarlo nosotros mismos. No traguemos entero. Colombia no es un corazón mal pintado, con un fondo rojo y que le sale una suerte de llama del centro. Admitamos que esa marca nos gusta porque nos es común; porque ya estamos acostumbrados -lamentablemente- a padecer este país que se desangra día a día.




1 nov 2010

día de todos los santos

No quiero pasar por aguafiestas. A parte de que nunca he entendido muy bien esa expresión, no me gusta mucho el Halloween. Empezando por que es una festividad que comprende puramente sólo Mandrake, no entiendo por qué sólo es permitido disfrazarse un único día anual. Yo no me disfracé este año, porque me invaden un montón de dudas halloweenescas que prefiero solucionar antes que nada. Algunas de las cuales expondré a continuación:

Primera: ¿Por qué los covers de las discotecas y bares se vuelven equivalentes a un ojo de la cara? Entiendo aquella idea medio facha que dice que todo es un filtro, y que entre más alto sea el precio, más alta va a ser la clase social de los asistentes. Esto -supuestamente- asegura consumo, buena conducta y distinción a los dueños del sitio. Por su parte, la gente confiada cree en que el precio equivale a la calidad de la rumba. Y aunque a veces sea coincidencial o paralelo, las buenas rumbas suelen mezclar estratos.

Segunda: ¿Por qué es festivo? Puedo jurar que más de la mitad de la gente asegura que es debido al Halloween. Claro: nadie sabe qué es el Halloween, pero de que existe, existe. Hoy es festivo porque es el día de todos los Santos. No de Juanma y sus hijos. No. Es el día en que Herodes mandó matar a todos los primogénitos menores de un año creyendo que, en su cacería, caería Jesucristo. Es es el acontecimiento que se conmemora hoy. Por eso, no fueron al colegio, a la universidad; no por que fuera Halloween. No. Pero, la memoria se construye y se preserva por lo que digamos, por lo que contemos. Temo que varios de nuestros nietos creerán que, efectivamente, es festivo porque es Halloween. Fin de la historia.

Tercera: ¿No nos damos cuenta de que hemos caído, una vez más, en la necesidad -creada por nosotros mismos- de comprar, comprar, y comprar? Un disfraz cada año va a ser más caro. Ya no hacemos los disfraces. Bueno, algunos de nosotros sí. Pero, ya no miramos el closet buscando qué combinar, qué cocer, qué dañar para disfrazarnos. Ahora, salimos, compramos, giramos la tarjeta, "dos cuotas, gracias" y nos vamos. Llega la noche, nos lo ponemos, bailamos, pagamos, bebemos, llegamos a la casa, nos empijamamamos y guardamos el disfraz. Obviamente, lo guardamos para heredarlo. Porque el disfraz comprado es como un condón: no se usa dos veces nunca.

Cuarta: ¿Odio el Halloween? No. Sólo siento que, como todo, va perdiendo su esencia. Perdiéndose, poco a poco, en lo monetario. ¿Y qué si me disfrazo un veinte de marzo? ¿O un treinta de septiembre? ¿Y si pido dulces en Navidad? ¿O en Semana Santa? Mejor. Los covers estarían a mitad de precio, como los disfraces. Pero, como no querré comprar uno sino hacerlo, ese dinero me lo habré ahorrado.