Estoy, plácidamente, recostada en mi cama, viendo una película de Tom Hanks. Suena el teléfono. Maldigo. Del otro lado, alguien me dice que me levante; que hay dos niños escapados de una fundación en la portería de mi conjunto. Sin dudarlo, me libero de las cobijas, me pongo mis leales tenis y salgo a buscarlos, en compañía de mis primos. Ellos llevaron leches de chocolate y unos juguetes sacados de sus almacenes. Los tres nos dispusimos, literalmente, a salvar el mundo.
Llegamos a la portería. Allí estaban Jorge y Steven. Jorge tenía once años y Steven, diez. Ambos lucían uniformes heredados quién sabe de quién. Eran sacos mal lavados, azules, de las tallas equivocadas, que decían algo parecido a "Un Mundo Nuevo". Sus pies estaban empapados. Steven temblaba de frío.
Les pregunté para dónde iban. Con entusiasmo, respondieron que para Guatavita. Les pregunté dónde quedaba, y me respondieron que para allá, mientras señalaban, equivocados, el sur. Quise saber qué buscaban en Guatavita así que, Jorge dijo que su mamá vivía allá. Steven no tiene papás, sólo unos primos que no le agradan. Por eso, decidió fugarse con su mejor amigo a buscar la madre que, según ellos, los aceptará a los dos.
Su fuga comenzó hoy a las nueve de la mañana. Trepando un árbol, lograron escapar de la fundación donde eran maltratados. Nadie se dio cuenta. Tal vez, esta sea la hora en que todavía se crea que ellos dos están ahí. Caminaron juntos guiados por la errónea ubicación de Jorge. No obstante, Steven nunca dudó de sus capacidades como guía.
Después de seis horas de caminar, vieron a mi portero. Se asustaron y se devolvieron. De todos modos, decidieron girar y preguntarle para dónde era Guatavita. Al hacerle esta pregunta, Edgar (el portero), inmediatamente, de dio cuenta de la situación. Al minuto, mis primos y yo nos dimos por enterados y fuimos parte de la escena. Al ver a los niños, quise conversar así que, les hice todas las preguntas que ya he expuesto. También, me dejaron muy claro que no iban a llegar a Guatavita caminando, sino corriendo; que uno de ellos no era muy rápido escribiendo; que les gustaban las telenovelas; que, en la fundación, les pegan, y que Guatavita queda al sur.
Pero, por encima de todos los datos que me soltaron, fueron muy enfáticos en que lo último que quieren es ser separados. Se conocieron cuando a Steven lo trasladaron de su anterior fundación a la actual, donde conoció a Jorge. Desde entonces, son, para cada uno, la familia. Creo que, más que nada, eso fue lo que me hizo escribir sobre ellos. No es el cliché de que, viendo la miseria ajena, valoramos los lujos propios. Más bien, fue el valor infinito que esa amistad ha logrado forjar, en medio de las condiciones más precarias que pudiera tener una infancia.
Duraron toda la tarde en la portería. Mis vecinos les dieron almuerzo y vieron televisión en el televisor de Edgar. Finalmente, llegó la policía y se los llevó. Ellos no se opusieron, a pesar de que los tombos dejaran bien claro que serían devueltos a la fundación de la que escaparon.
Rezar es lo único que me queda... que les queda a ustedes, lectores con fe; con fe en Dios, en Mahoma, en el viento, la ruleta o el destino. Rezar no por que ese par consiga un hogar, o no pase necesidad, sino porque permanezcan juntos el mayor tiempo que arroje la posibilidad. Sé que eso es lo más importante, y todo aquel que tenga amigos también lo sabe.