30 dic 2010

fue un buen año


Aprendí que:

La vejez es pura y únicamente mental.
Los narcos tienen buen gusto en carros y en equipos de sonido.
El reguetón me gusta más de lo que pensaba.
Un clavo no saca otro clavo.
Todo viene y va, y a veces no vuelve.
Facebook es un plagio.
Twitter es el futuro.
Me fascina el jazz.
A los indígenas no los mataron las balas, sino los computadores.
Chavez puede llegar a agradarme.
Del fin depende que se justifiquen los medios.
U2 nunca va a venir a Colombia.
Es prioridad que la gente Permanezca en mi vida.
Enamorarse es lo más difícil que hay.
Juanes va en decadencia desde que se separó de Ekhymosis.
No odio una canción más que a Waka Waka.
Shakira es una loba millonaria, valga la redundancia.
Escribir se ha vuelto mi principal vicio, mas no el único.
Dar lo que tengo todo me da.
Me amo.
No sé bailar salsa.
No sé bailar tectonik.
Se puede extrañar un colegio, tanto como se extraña una ciudad mexicana.
La soledad, efectivamente, es la madre de los errores.
El tiempo no cura todos los males.
En mi casa hay una fuga de gas y de agua.
Y que somos lo que sentimos.





26 dic 2010

empij-amarse

El mejor regalo tangible que me dieron esta Navidad fue una pijama. Es térmica. Quiero decir: de esas que van desde los dedos gordos de los pies, hasta el cuello; que se cierran con una elegante cremallera blanca. Cada vez que me la pongo, siento el placentero clima del descanzo; la tibiesa que caracteriza todas aquellas vestimentas de una sola pieza. No obstante, recuerdo las personas que no pueden sentir al menos una pizca de mi satisfacción. Instantáneamente, mi placer disminuye y mi conciencia comienza a remorderme. Decido, pues, recorrer mis calles, saludando -con beso en la mejilla- a quienes recuerdo todas las noches. Prender el motor del Aguilucho (un Fiat Uno, blanco, tres puertas, modelo 92) y emprender un viaje sin destino en compañía de la comparsa más entusiasta, se ha vuelto para mí: el cielo. Evidentemente, mis prologados días vacacionales están basados en un carro, una pijama y, esencialmente, en el principio de la generosidad.

22 dic 2010

dadadá dadara dadá

Si me dijeran que, por motivos inexplicables, este año tiene que ser repetido tal y como sucedió, aceptaría. No sé ustedes. No sé qué me espere en el dos mil once. Tal vez vuelva a ser tal feliz como lo he sido este año pero, qué hago si no quiero tanto que mi dos mil diez se termine. Pero, claro, se tiene que acabar. Llegan las novenas, las luces, los villancicos, las borracheras, los regalos, los eventos caros, los eventos baratos, los eventos porque sí, los eventos a los que no te invitan, los eventos a los que te auto invitas; llegan los que estaban lejos, los que estaban no tan lejos; se van los que estaban cerca y no tan cerca.
De repente, todo empieza a cambiar. Entonces, uno se da cuenta de que llegó la Navidad. Eso fue un verso sin esfuerzo. ¿Qué es la Navidad? Si el niño Dios son los papás, ¿De qué sirve todo esto? Safo rezar la novena, cantar Tutaina otra vez. ¿Qué es Tutaina, a propósito? De repente, siento que todo se centra en los regalos. Paila. Todo es un estrés: la cena, quién cocina, quién pone la casa, hay trancón, Samuel no termina las obras, no vamos a llegar.

Yo, en medio de mi autoestima, propongo una nueva forma de vivir la Navidad. Que la esencia del regalo no esté en lo que se reciba, sino en lo que se dé. Dar y dar y dar, durante toda la Navidad. Y, teniendo en cuenta que empieza desde octubre, dar desde octubre. Dar la mano, dar abrazos, sonrisas, dar las gracias, dar la vía, dar propina, dar tiempo, darse uno mismo a los demás. Si Master Card -de verdad- fuera consecuente con su slogan, se quebraría. Porque es realmente posible ser feliz eternamente con todo aquello que no tiene precio.
Hay gente que dice que la gente no se debería morir en diciembre. Supongo que es por la excesiva melancolía que se vive en ese mes, y que sumarle un luto no sería nada ameno. Sin embargo, la gente se sigue muriendo y muriendo. Sería más lógico atravesar estos treinta y un días sin tanta lloradera, ni tanta pendejada. Que pongan Wilfrido Vargas y Willie Colón; que la cena sean sánduches de queso y que el capital se invierta en la felicidad de alguien más; que no se regalen cosas nuevas, sino viejas, usadas, con pasado y memoria; que la felicidad no esté en recibir, almacenar, acaparar, comparar, comprar y pagar, sino en dar, dar y dar.

3 dic 2010

amistad

Estoy, plácidamente, recostada en mi cama, viendo una película de Tom Hanks. Suena el teléfono. Maldigo. Del otro lado, alguien me dice que me levante; que hay dos niños escapados de una fundación en la portería de mi conjunto. Sin dudarlo, me libero de las cobijas, me pongo mis leales tenis y salgo a buscarlos, en compañía de mis primos. Ellos llevaron leches de chocolate y unos juguetes sacados de sus almacenes. Los tres nos dispusimos, literalmente, a salvar el mundo.

Llegamos a la portería. Allí estaban Jorge y Steven. Jorge tenía once años y Steven, diez. Ambos lucían uniformes heredados quién sabe de quién. Eran sacos mal lavados, azules, de las tallas equivocadas, que decían algo parecido a "Un Mundo Nuevo". Sus pies estaban empapados. Steven temblaba de frío.
Les pregunté para dónde iban. Con entusiasmo, respondieron que para Guatavita. Les pregunté dónde quedaba, y me respondieron que para allá, mientras señalaban, equivocados, el sur. Quise saber qué buscaban en Guatavita así que, Jorge dijo que su mamá vivía allá. Steven no tiene papás, sólo unos primos que no le agradan. Por eso, decidió fugarse con su mejor amigo a buscar la madre que, según ellos, los aceptará a los dos.

Su fuga comenzó hoy a las nueve de la mañana. Trepando un árbol, lograron escapar de la fundación donde eran maltratados. Nadie se dio cuenta. Tal vez, esta sea la hora en que todavía se crea que ellos dos están ahí. Caminaron juntos guiados por la errónea ubicación de Jorge. No obstante, Steven nunca dudó de sus capacidades como guía.

Después de seis horas de caminar, vieron a mi portero. Se asustaron y se devolvieron. De todos modos, decidieron girar y preguntarle para dónde era Guatavita. Al hacerle esta pregunta, Edgar (el portero), inmediatamente, de dio cuenta de la situación. Al minuto, mis primos y yo nos dimos por enterados y fuimos parte de la escena. Al ver a los niños, quise conversar así que, les hice todas las preguntas que ya he expuesto. También, me dejaron muy claro que no iban a llegar a Guatavita caminando, sino corriendo; que uno de ellos no era muy rápido escribiendo; que les gustaban las telenovelas; que, en la fundación, les pegan, y que Guatavita queda al sur.

Pero, por encima de todos los datos que me soltaron, fueron muy enfáticos en que lo último que quieren es ser separados. Se conocieron cuando a Steven lo trasladaron de su anterior fundación a la actual, donde conoció a Jorge. Desde entonces, son, para cada uno, la familia. Creo que, más que nada, eso fue lo que me hizo escribir sobre ellos. No es el cliché de que, viendo la miseria ajena, valoramos los lujos propios. Más bien, fue el valor infinito que esa amistad ha logrado forjar, en medio de las condiciones más precarias que pudiera tener una infancia.

Duraron toda la tarde en la portería. Mis vecinos les dieron almuerzo y vieron televisión en el televisor de Edgar. Finalmente, llegó la policía y se los llevó. Ellos no se opusieron, a pesar de que los tombos dejaran bien claro que serían devueltos a la fundación de la que escaparon.

Rezar es lo único que me queda... que les queda a ustedes, lectores con fe; con fe en Dios, en Mahoma, en el viento, la ruleta o el destino. Rezar no por que ese par consiga un hogar, o no pase necesidad, sino porque permanezcan juntos el mayor tiempo que arroje la posibilidad. Sé que eso es lo más importante, y todo aquel que tenga amigos también lo sabe.