Si me dijeran que, por motivos inexplicables, este año tiene que ser repetido tal y como sucedió, aceptaría. No sé ustedes. No sé qué me espere en el dos mil once. Tal vez vuelva a ser tal feliz como lo he sido este año pero, qué hago si no quiero tanto que mi dos mil diez se termine. Pero, claro, se tiene que acabar. Llegan las novenas, las luces, los villancicos, las borracheras, los regalos, los eventos caros, los eventos baratos, los eventos porque sí, los eventos a los que no te invitan, los eventos a los que te auto invitas; llegan los que estaban lejos, los que estaban no tan lejos; se van los que estaban cerca y no tan cerca.
De repente, todo empieza a cambiar. Entonces, uno se da cuenta de que llegó la Navidad. Eso fue un verso sin esfuerzo. ¿Qué es la Navidad? Si el niño Dios son los papás, ¿De qué sirve todo esto? Safo rezar la novena, cantar Tutaina otra vez. ¿Qué es Tutaina, a propósito? De repente, siento que todo se centra en los regalos. Paila. Todo es un estrés: la cena, quién cocina, quién pone la casa, hay trancón, Samuel no termina las obras, no vamos a llegar.
Yo, en medio de mi autoestima, propongo una nueva forma de vivir la Navidad. Que la esencia del regalo no esté en lo que se reciba, sino en lo que se dé. Dar y dar y dar, durante toda la Navidad. Y, teniendo en cuenta que empieza desde octubre, dar desde octubre. Dar la mano, dar abrazos, sonrisas, dar las gracias, dar la vía, dar propina, dar tiempo, darse uno mismo a los demás. Si Master Card -de verdad- fuera consecuente con su slogan, se quebraría. Porque es realmente posible ser feliz eternamente con todo aquello que no tiene precio.
Hay gente que dice que la gente no se debería morir en diciembre. Supongo que es por la excesiva melancolía que se vive en ese mes, y que sumarle un luto no sería nada ameno. Sin embargo, la gente se sigue muriendo y muriendo. Sería más lógico atravesar estos treinta y un días sin tanta lloradera, ni tanta pendejada. Que pongan Wilfrido Vargas y Willie Colón; que la cena sean sánduches de queso y que el capital se invierta en la felicidad de alguien más; que no se regalen cosas nuevas, sino viejas, usadas, con pasado y memoria; que la felicidad no esté en recibir, almacenar, acaparar, comparar, comprar y pagar, sino en dar, dar y dar.