El mejor regalo tangible que me dieron esta Navidad fue una pijama. Es térmica. Quiero decir: de esas que van desde los dedos gordos de los pies, hasta el cuello; que se cierran con una elegante cremallera blanca. Cada vez que me la pongo, siento el placentero clima del descanzo; la tibiesa que caracteriza todas aquellas vestimentas de una sola pieza. No obstante, recuerdo las personas que no pueden sentir al menos una pizca de mi satisfacción. Instantáneamente, mi placer disminuye y mi conciencia comienza a remorderme. Decido, pues, recorrer mis calles, saludando -con beso en la mejilla- a quienes recuerdo todas las noches. Prender el motor del Aguilucho (un Fiat Uno, blanco, tres puertas, modelo 92) y emprender un viaje sin destino en compañía de la comparsa más entusiasta, se ha vuelto para mí: el cielo. Evidentemente, mis prologados días vacacionales están basados en un carro, una pijama y, esencialmente, en el principio de la generosidad.