A ver: pongámonos serios. Qué lástima la inundación de mi universidad. Admito que me entra un vacío cada vez que veo una imagen de dicha catástrofe. Jamás imaginé que algo así fuera posible. Corrijo: jamás imaginé que algo así ME fuera posible. Porque inundaciones hay por montones, y las vemos todos los días en los excelentes noticieros que televisamos. Pero, admitamos de una vez por todas que -para nosotros- una situación de estas estaba, por lo menos, a cuarenta kilómetros de distancia. Qué triste es saber que sólo nos duelen las heridas que aparecen en nuestras respectivas pieles.
Confieso también que me da un poco de risa cada vez que alguien me llama, me escribe o se dirige a mí en un tono generoso, dándome una suerte de apoyo, de condolencia o pésame, y me dice que lamenta lo de mi universidad. Yo también lo lamento. No digo que no. Pero, seamos sinceros: estamos más que felices -en el fondo- porque seguimos de vacaciones (sabemos que el fondo está muy lejos, literalmente). Ya déjense de clichés, cursilerías, pantallas y frasesitas. Obviamente, hemos de ayudar, así sea rezando. No obstante, ni aquí, ni en ningún lado hay lugar para la hipocresía. Yo hago lo que me pongan a hacer, siempre y cuando me nazca; siempre y cuando lo sienta... no sé ustedes.