5 jun 2011

Alguna vez, algún día, o tal vez dos, aprendí a priori que lo más difícil que hay en la vida de los seres humanos es decidir. Decidir, decidir, decidir. Anular una o varias posibilidades para privilegiar una sola. Una sola, una sola, una sola. Además de no ser proporcional, es difícil, doloroso, enfermizo, adiposo y apagadizo. Da vueltas en la cabeza. En la cabeza, en la cabeza. Quita hasta el tiempo que no se ha tenido aún. Aún de repente, todos los días pasados pesan. Todo en forma de fundamentación para decidir. Decidir, decidir, decidir. Decidir de la manera más democrática: buscando el bien común. Y es que creo en la democracia, no como una forma de gobernar sino de vivir. De vivir uno. De vivirse uno. De desvivirse uno por los demás. Por los demás. Considero que eso hace mis decisiones más difíciles de tomar. Tomar, tomar, tomar. Y no me importa, no me quejo; sólo lo sé, lo siento; es lo que soy. A veces, soy muy poco egoísta. Hasta llegar a la degradación máxima de mi felicidad, e intercambiarla por quienes me importan, democráticamente. Ésta es una de esas veces. Creces, creces, creces.