No quiero pasar por aguafiestas. A parte de que nunca he entendido muy bien esa expresión, no me gusta mucho el Halloween. Empezando por que es una festividad que comprende puramente sólo Mandrake, no entiendo por qué sólo es permitido disfrazarse un único día anual. Yo no me disfracé este año, porque me invaden un montón de dudas halloweenescas que prefiero solucionar antes que nada. Algunas de las cuales expondré a continuación:
Primera: ¿Por qué los covers de las discotecas y bares se vuelven equivalentes a un ojo de la cara? Entiendo aquella idea medio facha que dice que todo es un filtro, y que entre más alto sea el precio, más alta va a ser la clase social de los asistentes. Esto -supuestamente- asegura consumo, buena conducta y distinción a los dueños del sitio. Por su parte, la gente confiada cree en que el precio equivale a la calidad de la rumba. Y aunque a veces sea coincidencial o paralelo, las buenas rumbas suelen mezclar estratos.
Segunda: ¿Por qué es festivo? Puedo jurar que más de la mitad de la gente asegura que es debido al Halloween. Claro: nadie sabe qué es el Halloween, pero de que existe, existe. Hoy es festivo porque es el día de todos los Santos. No de Juanma y sus hijos. No. Es el día en que Herodes mandó matar a todos los primogénitos menores de un año creyendo que, en su cacería, caería Jesucristo. Es es el acontecimiento que se conmemora hoy. Por eso, no fueron al colegio, a la universidad; no por que fuera Halloween. No. Pero, la memoria se construye y se preserva por lo que digamos, por lo que contemos. Temo que varios de nuestros nietos creerán que, efectivamente, es festivo porque es Halloween. Fin de la historia.
Tercera: ¿No nos damos cuenta de que hemos caído, una vez más, en la necesidad -creada por nosotros mismos- de comprar, comprar, y comprar? Un disfraz cada año va a ser más caro. Ya no hacemos los disfraces. Bueno, algunos de nosotros sí. Pero, ya no miramos el closet buscando qué combinar, qué cocer, qué dañar para disfrazarnos. Ahora, salimos, compramos, giramos la tarjeta, "dos cuotas, gracias" y nos vamos. Llega la noche, nos lo ponemos, bailamos, pagamos, bebemos, llegamos a la casa, nos empijamamamos y guardamos el disfraz. Obviamente, lo guardamos para heredarlo. Porque el disfraz comprado es como un condón: no se usa dos veces nunca.
Cuarta: ¿Odio el Halloween? No. Sólo siento que, como todo, va perdiendo su esencia. Perdiéndose, poco a poco, en lo monetario. ¿Y qué si me disfrazo un veinte de marzo? ¿O un treinta de septiembre? ¿Y si pido dulces en Navidad? ¿O en Semana Santa? Mejor. Los covers estarían a mitad de precio, como los disfraces. Pero, como no querré comprar uno sino hacerlo, ese dinero me lo habré ahorrado.