7 nov 2010

y después no digas que no te avisamos

Es bastante evidente que uno de los amores de mi vida son las palabras. Por eso, prefiero un monólogo a un circo. Pero, si hay que hablar de circos, hablemos del del sol. Además de tener una música que pone los pelos de punta, le recuerda a cada miembro del público, con cada acto, lo perfecto que es su cuerpo. Yo creo que nadie sale con ganas de un cigarrillo, y que todos se inscriben en un gimnasio al llegar a casa.
Admito que tiendo a aburrirme. Comienzo a llegar a conclusiones como que la gente se para al aplaudir porque, como los de la primera fila se paran, los de atrás ya no ven. Y se va generando un efecto dominó sucesivamente. Pero, de todas maneras, no puedo dejar de ver la inmensidad de un espectáculo como el Cirque du Soleil, y su caridad de venir a un país de bárbaros como el nuestro. Y lo digo porque, digamos, la gente aplaude en momentos que nada pasa, o contesta el celular, o toma fotos con él, o llega media hora tarde, o cosas por el estilo. Cuando aprendamos a comportarnos, Samuel nos va a construir un escenario digno de nosotros y de los espectáculos.
Pero, bueno, ya no hay excusas para los hermanos Gasca: los circos con animales tienen que desaparecer. Que los domadores de leones aprendan malabares o se vuelvan electricistas. Ya ha sido suficiente y demasiado lo que hemos visto a tigres rugir, a focas jugar, a cebras bailar y a gorilas rumbear ante nosotros. El ser humano puede llegar a ser (es) más impresionante y espectacular que todo lo anterior. Y si no lo creen, vayan al Circo del Sol.