17 feb 2011

mi papá toreó una vez

Mi papá toreó una vez un becerro.

Por la educación que tengo, nunca me han gustado las actividades taurinas. Admito que en un principio fue solamente un comportamiento aprendido, luego comencé a reconocer la valentía de los toreros, después llegué al punto de la neutralidad hasta que llegué a donde estoy: el completo desacuerdo.

Yo no sé cómo sea una corrida de toros en otro país, por eso hablaré de lo que siento con respecto a las fiestas bravas en Colombia. Porque así como ir a tomarse una cervezas no es solamente la rutina de la embriaguez, sino también la de la tertulia y la de pagar con monedas por canciones a rocolas; la del brindis, el abrazo y la lágrima que rebosa cada copa, ir a toros no se trata sólo de toros. Es más: considero que aquí, el animal es lo que menos importa. Yo no sé. Mis principios adquiridos no me han permitido jamás asistir a una corrida. Lo que alcanzo a percibir a través de las revistas de farándula y las secciones rosa de las revistas de política, es que las congregaciones taurinas son como inauguraciones de bares de gente famosa.

La gente va con la pinta. La cámara hace parte de ella. De repente, todos son rolos de corazón y de guión. Todos se saludan, todos se reconocen, todos hablan a sus espaldas. Todos tienen antepasados corruptos, millonarios, famosos, ex presidentes o toreros. De repente, sale un toro y nada más. Un man ahí, muy valientemente, lo espera. Eso es lo único que admiro del ruedo: el valor inmediato del hombre en cuestión. De resto, es la misma rutina de un matrimonio, un coctel, un almuerzo, un aniversario o un reencuentro de ex alumnos.

El argumento que defiende la vida de los toros ya está pasada de moda. De todas formas, insisto en que si el objetivo es enaltecer la figura del ser humano -del torero- basándose en su destreza, habilidad, rapidez y valentía, existen muchas otras maneras. Aunque no lo parezca, no estamos hechos para destruir nada, ni siquiera un toro. Pero, si lo quieren hacer: háganlo. Vive y deja vivir. Lo que me perturba es que, si defienden tanto que matar un toro es absolutamente lógico, artístico, jubial y bello, no entiendo cómo éste acto visceral se convierte en añadidura, mientras se socializa, se ríe, se hacen amigos y se fuma de mentiras en las graderías.

Que toreen en donde quieran. Que toreen todo lo que quieran. Y después se vayan a comer un asado del toro toreado. Con eso no me meto. Incluso, no sé dónde haríamos conciertos si no fuera en la Santa María. Lo que no soporto es que vayan al ruedo a dárselas de cultos, ocupados, importantes y populares. Porque, hay que decirlo, las corridas de toros son una carrera por la popularidad. Como un carrusel de contrataciones, pero con toros y pretensiones.