Ya estoy en la edad en la que los papás le "sueltan" a uno el carro. Yo, claramente, me siento en el límite de lo cool. Y, por supuesto, aprovecho cada oportunidad para irme en el carro, poner música, acelerar, sin importar si tenga un destino o no.
Ayer, decidí parar a comprar una Coca Cola, porque siento que uno se ve mucho más play de lo que es con una en la mano. Me bajé, campantemente. Cerré la puerta con seguro. Pedí una Coca Cola en botella Flexi, lo cual es aún más play que la Coca Cola esencial. Pagué. Di las gracias. Me dirigí a mi carro. ¿Qué veo a través de la ventana? Las llaves dentro del carro en cuestión.
Me entra, pues, una suerte de pánico pero que, al mismo tiempo, trae un poco de PAZ. Ese que es completamente indescriptible y a la vez común entre todos los seres humanos que, alguna vez, han dejado las llaves entre el carro cerrado con seguro. Busqué una ferretería, insitintivamente. La encontré. Con voz de Lechuga, me dirigí al ferretero: "¡Oh, dulce ferretero (herrero), cuyo oficio tiene más años que el pasto! ¿Podría usted ayudarme a abrir mi carro? Es que dejé las llaves adentro." Con esa mala actitud, con esa pereza llena de ganas de estafar, característica de todos nosotros, me responde el hombre: "H'm, vamos a ver. Es que no tengo la herramienta aquí. ¿Dónde está el carro?" Lo señalé, y con la dichosa herramienta (un destornillador, una palanca y un alambre), el herrero pudo abrirme el carro en menos de diez minutos.
Me volvió la farra al cuerpo. Le di las gracias. Por cordialidad, le pregunté cuánto le debía. El abejo me responde: "Veinte mil pesos" Y yo: sí, claro, eee, ya le voy a pagar toda mi mesada, güevon. Mentira. Le respondí: "No, viejo, sólo tengo cinco." Él dijo: "¿Mmm, qué hacemos? La única sería que usted fuera por los quince que me debe." Yo dije: "¡Claro! De una, parcero. YA VENGO." Sí, claro, güevon. Ese trabajito que usted me hizo no vale veinte mil pesos, diez dólares, en ningún lugar del planeta. Me fui y no volví.