Me gusta el agua. Me gusta el agua en todas sus versiones. A veces, me alcanza una sed abrumadora. Pero, esa sed se calma con sólo humedecer las yemas de mis dedos. Y es que la sed que yo padezco es más mental que fisiológica.
Es una sed posesiva. No quiero que nadie, nadie tome del agua que es mía, aunque entiendo su pasión por dar de beber a los demás. Precisamente, por eso es agua, y por eso me encanta. Me gusta tanto el agua, que prefiero empaparme que humedecerme; sumergirme en ella, que tomármela.
Me gusta el agua porque está en todas partes. A veces, cae del cielo, otra veces se estanca en el suelo, sale de los ojos de alguien, es disparada desde la boca de alguien más; unas veces es café, otras es azul, y otras no se ve. De todas formas, es agua y siempre está ahí: cerca. Amo el agua porque es generosa, nada la detiene y sólo gracias a ella hay vida.
He entendido -a las malas- que la tengo que compartir, y a las malas -entonces- la comparto. No obstante, tanto ella como yo, sabemos que me pertenece: que le pertenezco, por esta sed que ahora cargo conmigo siempre. Soy del agua, como quien es de la libertad porque es libre; como quien es del amor porque ama.