9 jul 2011

Se contagia y se queda. Inevitablemente. La mucosidad invasora se apropia de los oídos, la frente, los maxilares, las glándulas salivares. Ya todo sabe igual. Hasta las palabras, todas las palabras suenan, huelen, saben, se ven igual. Antes era icono de diversidad. Ya no. Ahora todo está lleno. Lleno de esa sustancia salada, como el sudor; como las lágrimas y el mar. Ay, la sal del mundo. Puede llegar a ser tan bella y tan repugnante a la vez. Tan necesaria y sobrante. Pasa todo el tiempo: sírvase sólo la sal apropiada. Sin sal, todo es insípido; salado, incomible. Siempre existirá el miedo, el vértigo que precede la cantidad de sal adecuada. Sólo la experiencia y la voluntad permiten al chef, al hombre, saber cuán salada ha de ser su vida, o su plato de comida.