27 ago 2011
Arrastrándome por el frío baldosín, las vi. Sin dejar de pensar en ti, las vi. Ahí estaban. Las tomé rápida y sospechosamente; las apreté con propiedad entre mi axila. Huí lentamente. Huí. No lo podía creer. Al fin las tenía. El tiempo empezó a pasar más lento de lo normal. La espera pareció eterna hasta que, hasta que abrí el paquete sin propiedad; las manos me estorbaban, la lengua se me humedecía hasta que, hasta que las pude saborear. Eran ellas, las mismas, las de siempre, las responsables de mis primeros sufrimientos escolares, hace quince años; las galletas, las deliciosas y celestiales galletas por las que yo sufría, que mi mamá no me compraba y mi amiga no me compartía.