18 ago 2010
siete golpes de suerte
Hace más o menos dos meses tomé la decisión esporádica de fumar un rato. Sólo para ver qué era. Durante toda mi vida había redactado y practicado una oposición radical hacia el vicio en cuestión. Sin embargo, la poca madurez que he logrado alcanzar a las patadas me llevó a la conclusión de que para oponerse a algo hay que conocerlo absolutamente. Así que me decidí por los Lucky Strike, después de probar los Marlboro Gold y los Mustang, los de los obreros. Toda gracias a una agradable historia sobre los Golpe de Suerte. En fin, durante semanas cargué conmigo una caja de cigarrillos y un encendedor con linterna que adquirí posteriormente. No podría explicar por qué fumaba, o qué sentía, simplemente lo hacía como un experimento individual. Admito que no llegó a gustarme, ni lo consideré parte de mi rutina o de mi personalidad. Precisamente por eso, cuando supe que el trabajo de campo había terminado, esporádicamente decidí dejarlo. Para envidia de muchos, ha sido de las cosas más fáciles que hecho. De todos modos, aún tenía mi encendedor y siete cigarrillos. Pensaba si botarlos en una caneca, dejarlos intencionalmente en cualquier silla en la que me sentara o enterrarlos. Finalmente se los regalé a un amigo que me pidió uno. Le di los siete. Conservé mi llamativo briquet. Al día siguiente me dijo que había ganado siete mil pesos vendiéndolos. Supe que el vicio es determinado por la economía. Por eso las habichuelas son baratas... porque nadie es adicto a ellas.