Cuando los soldados eran herreros y corrían por los campos con armaduras más pesadas que ellos, gritaban consignas antes de enfrentarse a sus enemigos. Eso hace parte de la herencia de los encuentros deportivos, donde cada equipo grita su nombre antes de empezar el cotejo. Hace dos meses gritaba con emoción el nombre del conjunto al que pertenecía, como en la lógica. Hace dos días tuve que gritar otro nombre, por circunstancias que ya todo graduado conoce. He de admitir que las palabras no fueron capaces de salir de mi boca, ni siquiera una expresión onomatopéyica. No dije nada. Me he demorado en asimilarlo, aceptarlo. Todavía no termino. Vuelve y juega, todo es cuestión de pertenencia.
He pensado. Tal vez el tiempo logre acogerme. Yo, por mi parte, pienso aprender a diferenciar entre mi lugar de ubicación y mi lugar de pertenencia. Así como sé quién es el presidente y quién es mi Presidente. Y como me gustan las experiencias enriquecedoras, como a Íngrid, serán cuatro años de aprendizaje, de cuentas regresivas, de anecdotarios y diarios; de lágrimas causadas por el azar de mi iPod, de oposición, de ver en el reloj horas exactas para la memoria, de relaciones y comparaciones. Todo aquello gracias a que, como ser humano, necesito no olvidar. Supongo que nadie se va del todo.