23 sept 2010

el niño dios no existe

Si uno no se merece lo que quita, hoy mataron a quien -definitivamente- no merecía vivir. Uno vive para que, cuando se ausente, sea recordado. Recordado con amor. Me parece repugnante cómo, al morir, alguien no va al cielo sino al infierno; es recordado pero con odio, la gente siente júbilo al enterarse de que se ha ido y el perdón es algo desconocido. El cielo es todo lo contrario.
Irónicamente, de tanto odio repentino, de tanto saber sobre aquél que se escondía, de tanta discriminación sobre sus actos, de todo ese recordar lo inhumano que era, de todo eso resulta un amor patrio tan ancho que no puedo estar afuera de él. Ahora sí, todos queremos saludar a los soldados que nos encontremos, queremos ponernos camiseticas y comprar manillitas tricolor en los semáforos. De repente, los vendedores de banderas compran carro, los comerciantes de sombreros vueltiaos entran a la universidad y Frutiño saca sabor a granadilla con chontaduro. No se trata de querer mucho, se trata de Saber querer. Nos cegamos por una felicidad tan banal pero tan absoluta que no vemos lo que deberíamos ver.
En Colombia hay, más o menos, mil ochocientos Falsos Positivos. Un Falso Positivo es un desempleado que -repentinamente- consigue un trabajo lejos de su casa, con el salario perfecto, en donde no le piden referencias, experiencia ni estudio. El ex desempleado emprende, pues, el viaje a su nuevo lugar de trabajo. Llega, dejando todo atrás. Sus ahorros, su familia, su casa, su vida. Llega y lo matan. Así de simple. Lo matan. Le disparan, lo meten en una bolsa y lo entierran en una fosa común. ¿Quiénes? Las valerosas y heroicas Fuerzas Armadas de Colombia. Es que, carajo, los héroes en Colombia sí existen.
Qué risa. Matan a uno sólo y se nos olvidan, otra vez, mil ochocientos. Nos invade una dicha y un orgullo patrio que nos cegará por otros cuarto años. No nos daremos cuenta de las cosas que no quieran decirnos. Fácil. Nos enteramos de lo que les conviene, y es por eso que nos importa lo que les conviene. Insisto en que todo es un problema de preocupaciones, de prioridades, de incumbencia. Nos debería preocupar más todo lo que no sabemos, todo lo que nos muestran fácil o incomprensible. A mí me preocupan esas mil ochocientas casas que ya no tienen papá, hermano, hijo; todos aquellos que creen que Colombia es pasión y que el niño Dios existe.