Anoche me fui de fandango con mis padres. Ellos no bailan Reggaetón. A mi papá le parece vacío, que no tiene ninguna ciencia o proceso de cortejo dentro de él. A decir verdad, muy pocas veces bailan. Ellos y sus amigos prefieren el canto. Se reúnen, más o menos, diez de ellos. En la mesa hay aguardiente, whisky, pasa bocas, ceniceros y llaveros. En los percheros hay abrigos, carteras y estuches de guitarras y de cuatros. Yo siempre llego cuando la fiesta está prendida, porque me aburro en las mías así que me dirijo a las de ellos.
De las quince personas reunidas en la sala del anfitrión, el cual es elegido arbitrariamente por una mayoría, dos o tres tocan guitarra; una toca el cuatro, cuatro fuman, seis toman y todas cantan. Mercedes, Silvio, Polo o Rafael reirían a carcajadas si vieran cómo las letras de sus canciones son alteradas de semejante manera. Los títulos de las canciones nadie los conoce. Las canciones que se cantan surgen por azar, placer o necesidad. Nunca por selección argumentada o por práctic y las conversaciones que se establecen siempre son cortas y con el amor como sujeto.