Muy poca gente se da cuenta de que mientras se crece, el tiempo también pasa. Diez años se pasan volando cuando estamos al final de ellos, pero cuando pensamos en cómo seremos en una década creemos que nunca llegará ese día. Hay que preguntarle a cualquier persona qué se ve haciendo en diez años; habría que ser ciego para no ver cómo su mirada se eleva acompañada de una sonrisa llena de intriga pero a la vez de anhelo, mientras piensa en cuán feliz puede llegar a ser dentro de ese tiempo.
Somos lo que sentimos; somos nosotras. Somos la promoción dos mil diez; somos la Década. Somos tan diferentes que fue precisamente eso lo que nos unió todos estos años. No era la masificación de nuestras identidades sino la complementación entre ellas. Cada una fue quien quiso ser, y ojalá eso no termine hoy. Hoy nos vestimos así para demostrar que hemos logrado todo aquello que algún día nos propusimos, por eso no hay por qué tener miedo y dejar de ser quien cada una es. Que en el mundo, que en la vida nos caractericemos por ser felizmente lo que somos.
Supimos pelear, perdonarnos, caernos y curarnos. Todo eso lo hicimos juntas y todo pasó aquí. La indiferencia pudo confundirse con pereza, lo que nos enseñó que para crecer y ganar eso nunca funciona. Allá afuera cuentan con nuestra conciencia, creatividad y fe para lograr algún cambio en la vida de alguien más, en el país. Si antes nos quejábamos de que por jóvenes y prematuras no nos dejaban hacer nada, hoy no es el día para seguir diciendo eso. Muy dentro de nosotras existe una marca que, sin embargo, puede llegar a ser tan evidente como queramos. Porque aquí aprendimos muchas cosas, pero lo esencial fue darnos cuenta de que lo que verdaderamente vale es la manera en la que uno se relacione con la demás gente.
No podría callar mi gratitud hacia todas aquellas personas que creyeron en todas y en cada una de nosotras. Profesores, papás, amigos, hermanos, entrenadores, equipos, monitoras, trabajadores, empleadas y conocidos, que están aquí sentados, otros ya se fueron y los que se van: a todos ellos muchas gracias por creer, regañar, templar, forjar, amar y esperar de nostras siempre algo más. Al Colegio Santa María no hay palabra que logre expresar la magnitud de lo que siento por él, por lo que representa, por lo que nos enseñó dentro y fuera del salón. Independientemente de mis fijaciones políticas, mi color favorito es y será siempre el verde.
Parece ser que hemos ganado una batalla, pero no la guerra. Aún nos queda mucho camino por recorrer, muchos amigos por hacer y muchos perdones por pedir. No tenemos por qué obligarnos a admitir que ya no estaremos juntas, que cada quién redactará su suerte y que a duras penas nos acordaremos de las caídas de Luzjua o de las aventuras de Manaty. Si verdaderamente somos lo que sentimos, entonces nunca vamos a estar la una sin la otra. Crezcamos tanto como nos plazca, amemos tanto como podamos y perdonemos aún cuando ya estemos cansadas. Hemos vivido tantas cosas juntas, que se vuelve imposible desenredar cada memoria que nos queda. Valdría más conjugarlas todas en saber que cuando ocurrieron fuimos infinitamente felices.
Discurso de grado pronunciado el 18 de Junio de 2010