Más abajo en la misma calle estaba alguien más. Dormía plácidamente a la sombra que pudiera hacer un poste a las seis de la tarde. No tenía frío porque no tenía que cubrirse. Tal vez, si las pelirrojas lo hubieran visto, lo habrían despertado para pagarle por eso. Al despertarlo le habría dado frío y se habría acordado de que tenía hambre. Mejor que durmiera con una alcancía al lado. Mientras tanto tomé el bus articulado. Me tocó en esos que tienen sillas enfrentadas y que obligan al pasajero a entablar relaciones visuales y mudas con el de adelante. Por la forma en que mi compañero me miraba, alcancé a sentir miedo. Trataba de mirar hacia la ventana, pero el vértigo y la curiosidad no me lo permitían por periodos prolongados. A todo el mundo le ha pasado, y casi a nadie han violado... digo. El compañero se bajó unas paradas antes que yo y todo volvió a la calma de mentiras de siempre.
Bajé del bus, tomé el túnel y después el puente. Mientras caminaba por el andén supe una vez más que es mejor ir de compras en las aceras. Existe una suerte de peluquería en la que cambian el look ahí no más. Venden comidas, ropas, accesorios, vicios, flotadores, zapatos, gafas de sol, gafas de aumento, minutos a celular, minutos a fijo, libros, películas, religiones y soluciones. Ay, si las pelirrojas caminaran más por los andenes que por sidewalks, sería el fin del primermundismo: estarían en bancarrota.