Se subió al bus que vio con la ruta de siempre: 291. Siempre es un bus amarillo, a veces azul. Esta vez había un rock star deleitando con su voz a la esporádica comunidad del amarillo medio de transporte. Cantaba música para planchar acompañado de un amplificador plateado del que salía un cable negro que terminaba en un micrófono del mismo color. Del amplificador salía la melodía púrpura de una pista mitad karaoke, mitad canción de telenovela peruana. (¡Señorita Laura!)
Le tocó parada; no había sillas. Tenía mejor vista del artista. Sus manos se ensuciaron más por aquello de la falta de equilibrio causada por el andar del amarillo. Vio cómo la gente subía y bajaba, desviaba la mirada cuando sentía que había hecho contacto, la gente dormida contra la ventana dejando su mancha genética en el cristal cautivaba su interés mientras el cantante decía por enésima vez en el día su discurso de despedida. Se notaba que ya le había predeterminado un ritmo. Ella supo al instante que lo hacía así para no encariñarse, extenderse, melancolizarse y simplemente desabordar el bus.
El pragmatismo del discurso fue tal que ella lo imaginó literal: de repente la voz de la estrella cambiaba, ya no salía de las entrañas sino de la fosa nasal izquierda. No tomaba el micrófono con valentía y fulgor sino con afán y cansancio. Decía: "Muchasgraciasqueridosamigos, alseñorconductorunespecialsaludo. Ojalánoleshayainterrumpido ypuedancolaborarmeconcualquiercosita. Dioslesguardeylesmultiplique." El hombre bajó del bus con el dinero suficiente para otro pasaje.