25 jul 2010
el mismo plan de la otra vez
Fue igual que hace catorce años. Dormiste muy poco. No era ansiedad, eso sí fue distinto. O por narcisista, o por miserable, o por suficiente, o por inútil, en ningún momento requeriste de compañía. Era bueno cuando aparecía y también cuando no. En los momentos en los que los que no, eras absolutamente libre de observar y reírte por dentro de lo que veías. Nunca estuviste sola. Ni siquiera en ese espacio oscuro, frío y desolado, poblado solamente por cien almas en pena que misteriosamente decidieron encontrarse a la misma hora, mismo lugar, mismas intenciones, y todo eso sin conocerse. Qué curioso. Repartieron escarapelas, como hace catorce años. Para no perder la costumbre, decoraste la tuya como cuando tenías cuatro. Recordando la rutina, en silencio buscaste una silla. No en la esquina, para parecer amable. Luego, sacaste tu celular y miraste la hora. Eran las ocho. Buscaste en la memoria, empalmaste, concluiste y supiste que los últimos días son mejores que los primeros. Pasaron las horas y a las diez y media en punto te dio hambre. Esta vez te fumaste un cigarrillo con las onces. Coca cola y palito de queso. No tenías a nadie más que a noventa y nueve coincidenciales compartidores de planes. A las diez y cincuenta creíste que el tiempo había acabado, pero aún faltaban diez minutos. Divagaste. Recordaste. Conversaste un poco con alguien de un país vecino de quien recuerda el nombre del país pero no de él. Extraño, extrañaste. Comparaste, diferenciaste, identificaste y comparaste lo actual con lo que habías vivido antes. Al menos el clima era el mismo. Volviste a casa con los pies igual de vueltos mierda, con el entusiasmo en las nubes y el autoestima por debajo de la estimación a quienes amas.