Esto no es un poema,
simplemente se ve bonito
en cursiva y en columna.
Hoy recordé que hace tiempo escribísobre cuánto puedo llegar a odiar
las funerarias y todo lo que ellas implican.
De ello puede dar cuenta
la primera persona que me leyó,
que me criticó, que me apoyó,
a quien también extraño mucho hoy.
Sería un día de retos. Se despertó, se levantó por el lado derecho de la cama porque por el izquierdo hay una pared. A penas abrió los ojos alcanzó a ver a menos de un metro la amenaza del día: sus tacones grises. No durmió muy bien pensando en ellos. Se bañó con angustia, desayunó con afán y en pantuflas. Se lavó los dientes, se peinó el pelo que no tiene y todo con tal de evitar al máximo el par de zapatos altos. Finalmente, se los puso. Sabía que sería un largo, larguísimo día.
Llegó al paradero de las flotas. Parece una plaza de mercado y está en tacones. Había buses hasta para San Andrés pero para la Universidad, nada. Y está en tacones. El tiempo de espera, y el día en general, fue suficiente para reflexionar cuánto odio siente contra tal calzado. Lo detesta, le parece que no es cómodo, ni rentable, ni útil, ni agradable, ni veloz, ni impermeable, sólo es bonito. Además de tener su propio sonido cuando se aproxima, como cualquier animal, se ve menos baja. Se siente bien por haber asumido el reto pero, como quien dice, misión cumplida.
Pero el dolor en sus pies no era comparable con ningún otro dolor que le rodeaba. Los talones le dolían tanto como las uñas cada vez que recapacitaba, cerraba los ojos y recordaba dónde estaba. Se vive y se conoce a posteriori. Quiere morirse de manera singular, quiere un adiós de carnaval; le duele lo que a nadie, le da risa cuando todos lloran, se ataca en llanto mientras hace una fila india. Considera que días como este deberían ser ilegales, que así como las estaciones, debería existir una ley natural que los suprimiera por completo del calendario humano. No por los tacones, eso es nada más un capricho de la vanidad, sino por aquellos dolores que dejan sus zapatos altos en lo más bajo de sus prioridades analgésicas.
Más que lástima, más que tristeza, siente rabia. Quisiera ser activista para erradicar de la vida todos estos días. A veces es ameno sufrir, se siente más grande, sale más fuerte. Hoy no. Hoy todo eso es baldío, la fe es banal y la esperanza un souvenier de los hipócritas. Se enciende la luz de la duda, otra vez, y se pregunta qué putas es el alma y la eternidad que siempre le atribuyen. Cierra los ojos para ver mejor. Recuerda, siente, sabe, cree que la eternidad está en la memoria, en ser conmemorado, recordado, identificado, diferenciado, visto, distinguido, sentido sin contacto.
Llegó a casa, se quitó los tacones y la ropa. Descansó. Los dolores, la rabia siguen. Por eso escribe. Ya se va a dormir. Le duelen los pies, no tanto como el día.