Yo sé que no sabemos lo que es un tsunami. Lo más cercano que tenemos es a Tsamuel Moreno y ya. Y no quiero menospreciar el dolor, la miseria y la precaria situación japonesa, de la cual todos ya estamos enterados. Sin embargo, es casi inverosímil la facilidad con que nos olvidamos de nosotros mismos.
Porque, a pesar de que no salgamos en CNN y no tengamos los ojos rasgados, seguimos ahogándonos en agua y en sangre. Aunque no nos lo muestren en los noticieros todas las noches, todavía hay gente viviendo en albergues; gente que lo perdió absolutamente todo, y que sólo espera que se seque su colchón que tiene al sol. Si van a rezar por Japón, háganlo también por los cientos de municipios, bebés, ancianos, inválidos, enfermos y embarazadas que siguen afrontando las consecuencias del invierno en este húmedo país.
Pienso con esperanza en el día en que nos movilicemos por nosotros, de la manera que lo hacemos por los demás.