13 mar 2011

a la perfección por la caridad

Hoy fui a misa. Sentía que lo necesitaba porque, es tanta mi fe que -aunque no tengo jardín- ya compré una podadora. Me gusta ir cuando lo necesito, no cuando me obligan. En fin, fui con toda la disposición de escuchar, aprender y aprehender. En medio de todo eso, de mis problemas y de los percances que me arrastraron a sentarme en esa silla, vi la prueba máxima de la injusticia.
Era una familia. Un papá, una mamá y el hijo, como de mi edad. La diferencia entre él y yo era que él tiene leucemia. Él iba en silla de ruedas, en sudadera y con lo que mi mamá llama "zapatos de piscina". Una cachucha negra hacía las veces de pelo en su cabeza. La vitalidad en sus ojos se mezclaba levemente con el color pálido y amarillento de su piel. No dejaba de rebotar su pierna izquierda. Supuse que era la manera como secretaba el miedo.
Entraron a la iglesia. No había sillas. Se quedaron parados, los papás. La mamá rápidamente buscó un rincón... una columna lo suficientemente grande como para apoyarse y esconderse en ella, y llorar. Llorar sin que su hijo la viera. Yo le pedí kleenex a mi abuela, me acerqué y se los dí a la señora. Volví a mi silla, desde la cual no paraba de construir hipotéticamente la cotidianidad de esas personas.
Mediante el cura hablaba, el hijo se reía. No sé cómo, deduje que tenía mi edad. Eso lo hizo menos lejano de mí, creo. Lo miré mucho pero, miré más a la mamá. Ella seguía recostada en la columna rugosa, blanca y fría; que no estaba muy lejos de su hijo, pero que ocultaba satisfactoriamente de él sus lágrimas. Mi mamá estaba al lado mío. Ella y yo llorábamos también.
Sin duda, mis problemas se redujeron a nada. Sólo quise que ese hijo no sufriera más; que esa mamá no tuviera más dolor para ocultar. Considero que no hay acto más generoso y estúpido a la vez, que tragarse el dolor para no contagiarlo a otros. También, creo que la vida puede ser extremadamente injusta, y que el mayor acto de justicia es condoler honestamente con desconocidos.