A mí me gusta que llueva. No. Quiero decir... me gusta que llueva cuando estoy en pijama de cuerpo completo y metida en mi cama. Admito que me remuerde la conciencia cuando pienso en el tercermundismo de mi país. Porque, quiéranlo o no, eso de "países en vía de desarrollo" es sólo un premio de consolación para ñoños que estudian la economía de los países ricos, pero que viven en países pobres. Entonces, me acuerdo de que hay gente mojándose porque no tiene casa; que prefiere drogarse antes que sentir frío, y que de todas formas agradece al cielo el agua que cae. Deambulo entre mis pensamientos y valoro cada vez más mi cama. Siento la calidez de mi pijama, mientras las heladas gotas de lluvia ruedan por mi ventana. Pienso en la gente que no tiene pijama ni ventana, sino un papel periódico que mancha, que se decolora con el agua. Si Dios, Alá, Zeus, Bachué, el Sol, el dinero, la vida o el destino me premió con esta pijama, siento que no puedo terminar aquí con esta cadena de favores. Porque todo en la vida se paga, y no necesariamente a modo de deuda, sino de responsabilidades.