Todas las mañanas, mi mamá me despierta con un beso en la oreja. Yo me levanto de mal humor a las seis de la mañana. No me gustan los besos en la oreja porque suenan muy duro. A esa hora siempre canta el mismo pájaro, pero nunca lo he podido ver porque a esa hora tampoco veo bien. A penas me levanto, entro al baño. Y, como no puedo ver, me toca prender la luz. Entonces, me encandelillo. Me desvisto; me quito mi pijama. Es de esas que se cierran con una cremayera que va desde el tobillo hasta el cuello. Cuando me la quito me da mucho frío. Entonces, me meto rápido a la regadera. Me gusta el agua bien bien caliente. Tanto, que yo pueda dibujar en las ventanas de la ducha. Me salgo cuando el agua empieza a salir fría. Cuando estoy afuera, me visto rápido para que no me dé frío. No me gusta que me dé frío. Mi mamá siempre me alista la ropa la noche anterior y me la deja encima del inodoro. Así, cuando yo termino de bañarme, puedo vestirme ahí mismo. Yo creo que mis amigos creen que yo sólo tengo un sueter. Es que siempre me pongo el mismo. Es que me gusta mucho. Cuando me lo pongo, nunca me da frío.
Todas las mañanas, mi mamá me hace el desayuno. Siempre desayuno milo tibio. Tibio porque no me gusta frío, pero tampoco caliente. Mi mamá sabe cómo. Mientras me lo tomo, ella me empaca la lonchera en la maleta. No llevo lonchera a parte porque me queda muy difícil jugar si la llevo en la mano. Mi mamá siempre pone una emisora en la que no ponen música mientras desayuno. A mí no me gusta, pero a ella sí. Por eso, me dice que no hable; que me tome el milo rápido para que no se enfríe. Entonces, yo le hago caso porque a ella le gusta que la gente grande hable en vez de cantar. Cuando me acabo el milo, me toca irme a lavar los dientes. Yo tengo una crema que no pica. Porque hay gente que tiene unas que pican tanto que lo hacen llorar a uno. La mía no pica. Me gusta lavarme los dientes con agua fría. Eso es lo único que me gusta frío. Me los lavo despacio; las muelas en círculos; los dientes de adelante hacia arriba y hacia abajo; la lengua hacia afuera, y después escupir.
Mi mamá dice que me tengo que echar bloqueador en la cara porque, o si no, me voy a enfermar de algo muy grave. Pero, a veces se me olvida echarme y le digo que sí me eché, para no preocuparla. De todas formas, en mi maleta siempre tengo una cachucha roja que compré con mis ahorros en un paseo. Es mi cachucha favorita en el mundo. Y el paseo también fue mi favorito en el mundo. Después de que mi mamá me pregunta si me puse bloqueador en la cara, me acompaña hasta el paradero del bus. Casi nunca hablamos desde que salimos hasta que llegamos. Y casi siempre, a penas llegamos llega el bus. Así que me le doy un beso, me despido y me voy.
Hoy, todo pasó igual que antes, excepto una sola cosa. Cuando me subí al bus, sentí fría mi espalda, el parte en la que llevo mi maleta. Con la mano, toqué donde sentía frío. Después miré y olí mi mano. Estaba blanca en la parte de los dedos. Olía al kumis que me tomo en los recreos. Me quité la maleta. La puse en mis rodillas. La abrí. Olía mucho al kumis que me compra mi mamá. Todos mis cuadernos estaban tan fríos como cuando me quito la pijama. Mi cartuchera estaba blanquísima. Las páginas de mi libros para leer parecían la nata que se hace en mi milo tibio cuando no lo revuelvo. Yo no sabía qué hacer.
Cuando me bajé del bus, creí que todo el mundo iba a poder oler el kumis. Yo no me había atrevido a hacer mucho alboroto en el bus. Me daba pena. Entonces, a penas me bajé del bus, fui rápido al baño. No corrí porque me daba pena que me vieran correr al baño. Cuando llegué, me encerré en uno de esos cubículos a los que entran los hombres únicamente cuando tienen que hacer del número dos. Entonces, saqué todo lo que mi mamá me había metido en la maleta. Menos mal, mi cachucha roja no se untó de kumis. Todo lo demás sí. Con papel, iba secando todo muy muy rápido. Cuando terminé, no sabía qué hacer con la maleta. El papel no le quitaba el kumis. Yo creía que se le había pegado, como la nata.
Después, se me ocurrió la mejor idea del mundo. O sea: ya tenía idea, cachucha y paseo favorito en todo el mundo. Lo que se me ocurrió fue usar la maleta al revés. O sea: voltearla para que la parte de adentro quede para afuera. Eso es algo que le hacemos a los niños que nos caen mal. Les volteamos la maleta y después se las cerramos. Así, las correas quedan para adentro y no se las pueden colgar y les toca cargarla, como si fuera un bebé. A eso le decimos "la empanada de maletas". Pero bueno, a mí se me ocurrió hacerme la empanada de maletas, para que el lado sucio de kumis quedara para afuera y no se me ensuciara nada más. Entonces, lo hice.
Usé la maleta al revés todo el día y nadie se dio cuenta porque mi maleta es negra por ambos lados. Lo malo era que no podía cerrarla, porque o si no las correas me quedaban para adentro y no me iba a poder colgar la maleta. Pero, me fue bien. Cuando llegué a mi casa, no me dije nada a mi mamá para no preocuparla. Sólo saqué todas mis cosas, mandé a lavar todo lo que seguía oliendo al kumis y me puse mi pijama para que no me diera frío. Ya no me gusta el kumis.